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¿Para qué sirve la literatura?

Publica El País hoy, 3 de agosto, en su suplemento de Negocios, un artículo de Susana Pérez de Pablos titulado Steinbeck te enseña a ser jefe, en el que comenta cómo para promover el espíritu innovador, para abrir la mente y desarrollar el espíritu crítico, las novelas, los libros de historia, los comics o las películas, se cuelan en las escuelas de negocios. Los profesores utilizan estos textos para enseñar ejemplos de liderazgo, estrategia empresarial, trabajo en equipo o diversidad cultural. Defienden que la literatura y las buenas historias son la mejor inversión de tiempo para ayudar a entender los temas más complejos. Las uvas de la ira de John Steinbeck, es un relato de la crisis de 1929; La caverna, de José Saramago, cuenta como se introduce un monopolio en un mercado pequeño, y La residencia de los dioses es una divertida historieta de Astérix, un alegato contra la especulación inmobiliaria. Otras sugerencias son El mundo de ayer: memorias de un europeo del escritor austriaco Stefan Zweig, El príncipe de Maquiavelo o El arte de la guerra de Sun Tzu.

Leyendo este artículo he recordado la lección inaugural que Antoine Compagnon, catedrático de literatura francesa, leyó en 2006 con motivo de su cátedra en el Collège de France titulada ¿Para qué sirve la literatura? y que está publicada por Acantilado.

¿Qué valores puede creapara-que-sirve-la-literaturar y transmitir la literatura en el mundo actual? ¿Qué lugar debe ocupar en el espacio público? ¿Es de alguna utilidad en la vida? ¿Por qué defender su presencia en la escuela? Para Compagnon la existencia y el futuro de la literatura no están comprometidos a pesar de que las fuerzas del poder pretendan reducir su función a la mera evasión. Afirma que “la literatura es una fuerza de oposición: tiene el poder de combatir la sumisión al poder”.  Enseñándonos a no dejarnos engañar por la lengua, la literatura nos hace más inteligentes, o inteligentes de otro modo. Como decía Italo Calvino, “Las cosas que la literatura puede buscar y enseñar son pocas, pero insustituibles: la forma de mirar al prójimo y a sí mismo, (…) de atribuir valor a cosas grandes y a cosas pequeñas, (…) de encontrar las proporciones de la vida, el lugar que en ella ocupa el amor, así como su fuerza y su ritmo, y el lugar que corresponde a la muerte, la forma de pensar en ella o de no pensar en ella”, y otras cosas “necesarias y difíciles”, como “la duración, la piedad, la tristeza, la ironía, el humorismo”.

Hasta el XIX la literatura era considerada una fuente de conocimiento para entender al hombre y al mundo. El triunfo de la técnica, de las ciencias has borrado esa supremacía de la literatura. La ciencia lo abarca todo en nuestro mundo, ella todo lo explica. La literatura ya no es el modo privilegiado de adquisición de una conciencia histórica, estética y moral, y pensar el mundo y el hombre a través de la literatura ya no es lo más frecuente, por eso, me ha alegrado encontrar el artículo de Susana Pérez.

Comienzo mis vacaciones de verano y estaré unas semanas sin publicar. A modo de despedida dejo aquí una pequeña cita de la lección de Compagnon que me gusta especialmente:

“La literatura desconcierta, molesta, despista, desorienta más que los discursos filosóficos, sociológicos o psicológicos, porque se dirige a las emociones y a la empatía. De este modo, recorre regiones de la experiencia que los otros discursos desdeñan, pero que la ficción reconoce en los menores detalles. Según la hermosa expresión de Hermann Broch, recordada por Kundera, ‘la única moral de la novela es el conocimiento; es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida’. La literatura nos libera de nuestra forma convencional de considerar la vida -la nuestra y la de los otros-, destruye la buena conciencia y la mala fe. Por definición contraria y paradójica -protestante, como el protervus de la antigua escolástica; reaccionaría en el buen sentido-, resiste a la estupidez, no con la violencia, sino de una manera sutil y obstinada. Su poder emancipador, que nos conducirá en ocasiones a buscar derrocar a los ídolos y cambiar el mundo, permanece intacto, aunque más a menudo nos hará, sencillamente, más sensibles y más sabios, en una palabra: mejores.”

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Un ángel en mi mesa

Primero conocí la película de Jane Campion y un tiempo después pude leer la autobiografía de la escritora neozelandesa Janet Frame. Ahora acabo de volver a ver la película después de varios años y he vuelto a quedar enganchada con la historia de esta escritora a la que la literatura le salvó la vida literalmente.

Janet Frame

Un ángel en mi mesa reúne en un sólo volumen las tres partes de la autobiografía de Janet Frame, Hacia la isla (1982), Un ángel en mi mesa (1984) y El enviado de la ciudad de cristal (1985). La obra se hizo famosa gracias a la película de Campion, directora de cine también de Nueva Zelanda y con películas tan conocidas como El piano.

En la primera parte de la obra conocemos a Janet, una niña pequeña, regordeta y pelirroja. Su padre era ferroviario y su madre sirvienta. El hermano mayor de Janet sufría de epilepsia y era continuamente apaleado por el padre y dos de sus hermanas,  Myrtle e Isabel, murieron ahogadas. La pobreza, la enfermedad y la tragedia protagonizaron su infancia. Pero a pesar de las burlas de sus compañeros y de su extrema timidez, Janet comienza a construir su mundo literario.

Un ángel en mi mesa

En la segunda parte, Un ángel en mi mesa, cuenta su adolescencia y sus estudios de magisterio. Silenciosa y tímida, marcada por su aspecto físico (pelo encrespado y de un rojo zanahoria y dientes negros por la caries) se refugia en la literatura y se aparta de todo el mundo. A raíz de un intento de suicidio es internada en un psiquiátrico del que sale con un diagnóstico de esquizofrenia. Posteriormente vuelve para quedarse durante ocho años recibiendo más de doscientos electroshocks. Durante su encierro lee muchísimo y comienza a escribir, publicando su primer libro, El lago, un conjunto de relatos. Es entonces cuando a Janet le van a practicar una lobotomía, ya que según los médicos es la única solución para su enfermedad. Justo cuando iban a realizársela llega al centro la noticia de que a Janet le han concedido el premio literario Hubert Church de relatos cortos, un premio muy prestigioso en Nueva Zelanda y así, gracias a este premio, deciden no intervenirla.

Un ángel en mi mesa de Janet FrameTras salir del psiquiátrico conoce al reputado cuentista Frank Sargeson y se va a vivir con él en una cabaña en el patio de su casa. Sargeson le anima a escribir, acabando al año su primera novela Los búhos lloran, y le ayuda también a reunir dinero para poder viajar.

En la tercera parte Janet nos cuenta su viaje por Europa: Londres, París e Ibiza. Durante su estancia en Ibiza intima con un poeta norteamericano llamado Bernard del que se enamora. Después de un tiempo vuelve a Londres y es entonces cuando un médico duda del diagnóstico de su enfermedad y, tras examinarla detenidamente, le confirma que nunca ha sufrido esquizofrenia. De pronto Janet siente que ya no es rara porque está enferma y de nuevo no encuentra sentido a su sufrimiento, a su soledad:

“Finalmente fui citada a la sala de entrevistas, donde el equipo médico se encontraba sentado ante una larga mesa presidida por sir Aubrey Lewis. El equipo ya había celebrado sus reuniones y llegado a sus conclusiones, y después de mantener una breve conversación conmigo, sir Aubrey pronunció el veredicto. Yo nunca había padecido esquizofrenia, dijo. Jamás debería haber sido ingresada en un hospital psiquiátrico. Cualquier problema que pudiera experimentar en la actualidad era sobre todo el resultado directo de mi estancia en el hospital.

Sonreí.

-Gracias- dije en tono tímido y formal, como si hubiera ganado un premio.

Más tarde, el doctor Miller repitió el veredicto con expresión triunfante. Recuerdo su expresión de deleite y el modo en que se giró pesadamente en su silla porque la cantidad de ropa que llevaba parecía dificultar sus movimientos.

-En Inglaterra hace mucho frío – comentó – . Y llevo esta ropa interior de lana, tan gruesa…

La última moda, los abrigos cortos y los pantalones estrechos, aumentaba su incomodidad. Tal vez recuerdo tan vívidamente la cantidad de ropa que el doctor Miller usaba en invierno porque yo misma me había despojado repentinamente de una prenda que había llevado puesta durante doce o trece años: mi esquizofrenia. Recordaba con cuánto asombro y temor había intentado pronunciar esa palabra al enterarme del diagnóstico, cómo la había buscado en los libros de psicología y en los diccionarios de medicina y cómo, al principio con cierta incredulidad y luego rindiéndome a la opinión de los expertos, la había aceptado; cómo en el sufrimiento y el terror de la aceptación había encontrado un consuelo y una protección inesperados, cómo había anhelado librarme de la opinión pero no estaba dispuesta a separarme de ella, e incluso aunque no la usaba abiertamente, siempre la tenía a mano para casos de emergencia, para ponérmela a toda prisa y protegerme de la crueldad del mundo (…)”

Tanto el libro como la película son muy recomendables. Un ángel en mi mesa (1990) de Jane Campion es una película larga (más de dos horas) pero muy hermosa. Está magníficamente protagonizada por la actriz Kerry Fox que ganó el León de Plata a la mejor actriz en el Festival de Venecia.  Encontrarás en ella estupendas imágenes que saben reflejar de forma excelente la belleza de la naturaleza, el aislamiento y la soledad, la delgada línea que separa la normalidad de la rareza, de lo extraordinario, y el poder de la literatura.

 

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