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Maestro-alumno: Elogio de la trasmisión

Acaba de comenzar el  nuevo curso.  Mi hija comienza a estudiar en la universidad y mi mayor deseo es que encuentre, a lo largo de los años que tendrá que pasar estudiando, buenos profesores que consigan transmitirle la pasión por el conocimiento. Todos podemos recordar con gratitud la figura de alguno de los maestros y maestras que nos acompañaron a lo largo de nuestro paso por el colegio, el instituto o la universidad. Fuese cual fuese la asignatura que impartieran,  nuestro recuerdo tiene que ver sobre todo con el cambio que produjeron en nosotros.

Recuerdo a mi profesora de cuarto de primaria y su lectura de aquella primera novela, El otro árbol de Guernica, que me fascinó y avivó, si cabe aún más, mi interés por la lectura. A aquel profesor de griego tan serio y estirado que sin embargo despertó en mí y en muchos de mis compañeros una verdadera pasión por la cultura clásica,  aquel  profesor de lengua que me enseñó a defender mis propias ideas o al loco profesor de filosofía, ya en la universidad, que recitaba en griego poemas de Giorgos Seferis.   Steiner afirma que si un estudiante percibe que el profesor está poseído de alguna manera por aquello que enseña, es un primer paso. Quizá el alumno no estará de acuerdo pero escuchará: “se trata del milagroso instante en que comienza a establecerse el diálogo con una pasión”.

elogio-de-la-transmision-george-steiner-trabalibrosEn Elogio de la trasmisión, Cécile Ladjali, profesora de secundaria en un Instituto de un suburbio de Paris nos cuenta como consiguió que sus alumnos elaboraran un libro de sonetos sobre el mito de la caída y que el profesor y prestigioso ensayista George Steiner  les prologara la obra. Gracias a esta experiencia, según Ladjali, los alumnos tuvieron la oportunidad de descubrir la satisfacción que provoca el saber, y Steiner aquella que entraña el hecho de transmitirlo. A raíz de esta colaboración ambos profesores realizan un diálogo reflexionando sobre la enseñanza, el saber, la educación y la ética. Esta conversación está recogida en Elogio de la trasmisión junto a la historia de Murmure, el libro de poesía realizado por los alumnos de Ladjali.

Para Cécile Ladjali es en la enseñanza secundaria donde se libran las más decisivas batallas contra la barbarie y el vacío.  El profesor ha de sacar al alumno de su mundo, conducirle hasta donde no habría llegado nunca sin ayuda, y traspasarle un poco de su alma. Porque nadie es consciente de lo que es hasta que no se enfrenta con la alteridad.

El primer tema que tratan Steiner y Ladjali en su conversación es el elogio de la dificultad. Steiner señala que vivimos en una cultura, en un ambiente, en los que la poesía se ha convertido en algo mucho más minoritario de lo que lo fuera en cualquier otra época. En la mayoría de las grandes culturas de nuestro planeta, la poesía se trasmite de viva voz, y no a través de los libros, hecho que ofrece enormes posibilidades a pueblos técnicamente analfabetos. Por eso lamenta que ya no se aprenda nada de memoria. Aprender de memoria significa, en primer lugar, trabajar con un texto de una forma excepcional. Lo que uno aprende de memoria cambia con uno mismo, y la persona se transforma con ello, a su vez, a lo largo de toda la vida. Y en segundo lugar, significa que nadie podrá arrebatárselo.

steiner-portraitAl hablar de creatividad y escuela, ambos profesores,  señalan la importancia de leer a los clásicos y la de aprender otras lenguas. Para Steiner cada lengua representa una ventana a un mundo totalmente diferente. Toda nueva lengua permite vivir otra vida. También elogia el silencio. Sin embargo, se asegura que, en la actualidad, casi el ochenta por ciento de los adolescentes no llegan a leer un texto en silencio, sin tener como trasfondo el sonido electrónico de la radio, de la televisión, etc.

Ladjali  y Steiner tienen un alto concepto de la enseñanza, pero también son conscientes de que no corren buenos tiempos para la difusión de la cultura en la enseñanza secundaria. Por lo general, por culpa tanto de los planes de estudios  como del ambiente en el que viven sumergidos los alumnos, parece haber poco sitio para los objetivos humanísticos. Dice Steiner “Sea cual sea el nivel que nos corresponda, nuestro trabajo como profesores puede resultar agotador y descepcionante. Puede generar una profunda acritud; pero también tiene una suprema recompensa: la de encontrarse con un alumno mucho más capaz que uno mismo, que llegará mucho más lejos, y que quizá llegue a crear una obra que futuros profesores enseñarán. Es algo que me ha ocurrido cuatro veces en mi vida, lo que no deja de ser una cifra importante después de cincuenta años de enseñanza. Se lo juro, se trata de una recompensa inconmensurable. Ser profesor es una vocación absoluta.”

 

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