Una mirada a la vejez

Compré La hora de la verdad. Una mirada a la vejez de la escritora Rosa Regás para regalárselo a mi madre. Ella, que tiene más de setenta y cinco años, no se considera todavía vieja y sigue sorprendiéndose cuando algún escaparate o el espejo del ascensor le devuelven una imagen que ella no cree que sea la suya por estropeada. Y es que como dice la escritora, los espejos de nuestra habitación y de nuestro baño no nos asustan porque nos devuelven la imagen de nuestro rostro y de nuestro cuerpo día a día sin que notemos los minúsculos cambios que se operan en ellos y que nos van transformando.

Después de unos años he vuelto a encontrarme con esta obra en la que Rosa Regás hace un ejercicio de reflexión, basado en su propia experiencia, sobre los aspectos más evidentes de la forma que tenemos de envejecer y las dificultades con las que nos solemos encontrar. Intenta darnos una visión esperanzadora frente al pesimismo que la vejez provoca en la sociedad y en los medios de comunicación.

la_hora_de_la_verdadDice Rosa Regás que nos cuesta creer la edad que tenemos y más aún decirla y escribirla, y que tenemos que hacer un esfuerzo para darnos cuenta de que los demás no nos ven como nos vemos nosotros sino como nosotros vemos a los demás ancianos. La vejez, como la muerte, es algo insólito que les ocurre a los demás. Sólo a veces, en un alarde de coquetería podemos presumir de ancianos para que quien nos oye nos diga: “¿Tantos años? No puede ser, nadie lo diría”. Porque en el mundo desarrollado en el que vivimos se da importancia a la juventud de una forma tan poderosa que la persona que envejece no tiene más remedio que gastar toda su energía en disimular que lo hace, no sólo para los demás sino también para sí misma.

La vejez, tal como se entiende en nuestra sociedad, se nos presenta como un futuro temible. No es extraño que muchas personas vean como una tortura hacerse mayor negando incluso las ventajas que puede tener llegar a cierta edad. Rosa nos dice que hacerse mayor no es una tragedia, a no ser que una enfermedad mental grave nos margine y nos aleje de lo más importante que tenemos: la conciencia y el pensamiento.

Pero envejecer no es una tarea fácil, en ella intervienen no solamente el temor a la muerte que se acerca, la aceptación del propio deterioro o la voluntad de hacerlo bien y con dignidad y encima con placer y diversión, sino muchos otros componentes de nuestro espíritu, de nuestra experiencia y de nuestra específica manera de ser, que complican las cosas haciendo imposible establecer reglas o ir en busca de consejos más allá de los del sentido común. A veces el enemigo más poderoso vive agazapado en nosotros mismos. Los enemigos que entorpecen el camino hacia la vejez no sólo digna sino positiva y feliz, viven ocultos en los aspectos más cotidianos de nuestra experiencia.

Cuando alcanzamos cierta edad comenzamos a utilizar la cantinela de la gente mayor: “En mis tiempos…” Y nos obcecamos en la incomprensión del presente. Y, sin embargo, pensemos lo que pensemos, nuestro tiempo es este, el tiempo en que vivimos, porque sólo hay vida en el presente.

Rosa Regas

Y no digamos nada del deterioro físico, de las distintas dolencias y achaques que van apareciendo de forma casi inevitable. Pero el malestar no sólo nos llega por el deterioro de la salud sino especialmente por la pérdida de la tersura en el rostro, de la firmeza en el cuerpo, de la capacidad de seducción, de esa cara de la seducción que se refiere a lo físico que tanto hemos envidiado, y copiado, en los iconos sexuales de nuestra juventud. En la madurez y en la vejez, nos dice Rosa Regás, también existen mil formas de seducir y de ser seducido pero no se habla de ellas y hay quien ni siquiera las conoce. Es más propio de la edad madura que las formas de la seducción aparezcan mezcladas y confundidas unas con otras, la sexual que sigue existiendo con las que nacen en la voz, el gesto y la mirada, o las que se refieren a la inteligencia, la sagacidad, el sentido crítico, la ironía, la sensibilidad o la forma de entender el mundo y la sociedad. Sin contar con el atractivo que ejercen quienes nos divierten con su sentido del humor y su capacidad de hacer amable la vida de los que lo rodean.

“Es inútil vivir obsesionados por parecer más jóvenes, y empeñarnos en no aceptar que vamos siendo más vulnerables y menos resistentes al cansancio o al esfuerzo y que va desapareciendo nuestra capacidad de seducir tal y como la vivíamos en la juventud. En general, estemos gordos o flacos, con arrugas o sin ellas, seamos o no ágiles, hablemos o callemos, todos mostramos los años que tenemos con la cara, el aspecto y la voz; la única diferencia radica en cómo llevamos esos años, qué humor conservamos, que curiosidad nos inspira, cómo traducimos las deficiencias de la edad en procesos creativos de la mente y de las emociones. Todo esto es, sin lugar a dudas, lo que nos hace parecer más o menos vivos, más o menos atractivos, y consigue que nosotros, como los demás a nuestro alrededor, olvidemos la edad que tenemos.”

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Archivado bajo Cortar la leña, acarrear el agua, Lecturas

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