Archivo mensual: enero 2014

Historia de una anatomía

Conocí a la escritora Francisca Aguirre hace poco más de dos años, cuando a finales de 2011 ganó el Premio Nacional de Poesía con su obra Historia de una anatomía. Leyendo en los periódicos la noticia me enteré de que esta poeta alicantina nacida en 1930 era hija de un pintor llamado Lorenzo Aguirre que en 1942 fue condenado a muerte por el régimen de Franco. Está casada con el también poeta Félix Grande y es madre de la escritora Guadalupe Grande. En una de las entrevistas que le hicieron por entonces comenta: “Creo profundamente en la memoria histórica -aclara-, no podemos perder de vista lo que somos y lo que hemos vivido para no volver a cometer errores; por eso pienso que no hay que olvidar nada”.
Historia de una anatomíaA los pocos días de conocer la noticia compré el libro de poemas y quedé prendada de esta obra, sencilla, clara, que reflexiona sobre la intimidad, el cuerpo, la vida, y que delata su admiración por Antonio Machado. Hace unos días que he vuelto a sus páginas.

De Historia de una anatomía, Francisca dice que es la historia de sus huesos, que los poemas son sus radiografías. Un autorretrato a través de su cuerpo. En el libro la autora incluye una cita del Premio Nobel Coetzee que es muy significativa y que dice: “Un cuerpo dice la verdad. No siempre, ni a la primera, pero siempre es el cuerpo el que dice la verdad'”.

Francisca huye de la norma y construye sus poemas encontrando el ritmo libre porque “¿acaso conoce nuestro cuerpo de pausas, de comas o de puntos y comas?”.

Recomiendo su lectura sin dudarlo. Y para animaros podéis leer como aperitivo un par de poemas que pertenecen a esta magnífica obra.

La columna vertebral
Si este fuese un libro confesional
yo diría que a mi vida le sobra vertebración.
Claro que pensándolo bien
no creo que el asunto tenga nada que ver con la columna.
Ni siquiera creo que dependa de la médula espinal.
Seguramente todo esto tiene que ver
con esa columna abstracta o tal vez
con esa médula espinal intangible
que todos llevamos dentro.
Así que dichos elementos
debido a su carácter evidentemente metafísico
están relacionados con esa otra abstracción
a la que venimos llamando moral.
El caso es que mi vida es una pura vertebración
y de ello se derivan una serie de aspectos
que corresponden a lo que se conoce
con el nombre de vertebrados.
Estoy tan vertebrada que tengo plena conciencia
de todas y cada una de mis vértebras.
Y a veces me recorre los huesos
una dulce nostalgia que me empuja a añorar
el blando mundo de los invertebrados.
¿Cómo sería yo sin mis columnas vertebrales?
¿Cómo sería mi vida si la médula espinal de la moral?
Probablemente terminaría siendo
algo muy parecido al odradek de Kafka
Y tal vez mi nuevo estado serviría
como siempre he soñado para solucionar la vida de los otros.

 

La Piel

Lo de la piel es realmente asombroso.
Es sorprendente que una cosa tan fina
sea capaz de contener algo
tan inquietante
como lo es el cuerpo humano.
Pareciera que al primer embate la piel
ese tejido tan precario y frágil
caería hecho pedazos
o más bien
hecho polvo.
Pero lo cierto es que resiste
lo verdaderamente raro
es que la piel
resiste más que el corazón
o la cabeza.
A veces las palabras
nos entierran el corazón.
A veces la cabeza nos envenena el corazón.
Pero la piel aguanta
se tiñe de escarlata
y aguanta
le rechinan los poros
pero aguanta.
Es como una armadura
un pequeño telón que nos defiende
contra el dolor que intenta destruirnos.

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Hannah Arendt

He disfrutado de unos días de descanso con motivo de las fiestas y he aprovechado, entre otras cosas, para ver algunas películas. Hacía meses que quería ver Hannah Arendt, la película escrita y dirigida por la alemana Margarethe Von Trotta. El estreno de la película en junio del año pasado le devolvió cierto protagonismo a esta filósofa y periodista alemana, judía y exiliada en Estados Unidos.

La película se centra en un episodio muy importante de la vida profesional y personal de Arendt. En 1961 se celebró en Jerusalén el juicio contra Eichmann, responsable directo de la solución final de los judíos desde su cargo en la logística de los transportes hacia los campos de concentración durante la II Guerra Mundial. Hannah Arendt asiste a parte del juicio como periodista enviada por la revista The New Yorker. Surge así Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalidad del mal, el conjunto de artículos publicados sobre el tema y que provocaron bastante escándalo.

Arendt argumentaba que Eichmann no era un monstruo diabólico, sino un hombre común y un burócrata disciplinado. Ella ya había expuesto, en una obra anterior, la idea de que el totalitarismo convierte a los hombres en piezas de una ciega maquinaria administrativa. La banalización del mal: muchos de los malhechores son personas normales. En la película, en conversaciones privadas con sus compañeros y amigos o en aulas universitarias, y siempre con un cigarrillo en la mano, Arendt defiende que “las mayores maldades son las cometidas por un don nadie”. Las objeciones a la tesis de Hannah Arendt son múltiples, el problema para muchos de los pensadores que disienten de sus propuestas es que “encontró un concepto importante pero no un ejemplo válido” (Christopher Browning).

Bárbara Sukova como Hannah Arendt

Bárbara Sukova como Hannah Arendt

Otra de las cuestiones que levantó más polémica, fue su osadía al acusar en sus artículos a los Consejos judíos de colaboración con los nazis. La filósofa argumentaba que muchos de los líderes judíos para salvar su propia piel entregaron a los nazis mucha información que ayudó a las masivas deportaciones. Esta denuncia le valió numerosas enemistades, incluido el rechazo de muchos de sus mejores amigos.

También aparece en la película  a través de flashbacks, la relación intelectual y amorosa de Hannah Arendt y su maestro Martin Heidegger, al que le pidió que le “enseñara a pensar”. Relación que se mantuvo hasta  que se marchó a Nueva York y que fue muy cuestionada por la adhesión de Heidegger al partido nazi.

Como dice Tony Judt en su libro Sobre el olvidado siglo XX, Hannah Arendt para algunos representaba lo peor de la filosofía continental, para ellos sus ideas sobre los males del siglo no son originales en el mejor de los casos; en el peor son erróneas. Otros la consideran una presencia intelectual estimulante; su negativa a reconocer las normas académicas y las categorías de explicación convencionales, que tanto frustra e irrita a sus críticos, es precisamente lo que más atrae a sus admiradores. Creo, como dice Monika Zgustova en su artículo “El malentendido sobre Hannah Arendt”,  que lo que esencialmente provocó más críticas contra la pensadora fue su insumisión: en vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. “Sus lectores habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado”.

Es emocionante el discurso final de la película en la que Hannah Arendt defiende sus tesis ante sus alumnos de la Universidad. La filósofa le explica cuál fue la máxima perversión de los nazis: hacer creer a las personas, sobre todo a los judíos, que eran superfluas, que su trabajo no servía de nada. Nada mina más la moral que sentirse sobrante, prescindible, un estorbo. Y, lo más importante, que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo.

Bastante recomendable.

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