El primer hombre

El 4 de enero de 1960 Albert Camus sufrió un accidente de automóvil que le costó la vida. Camus tenía tan solo 47 años y hacía tres que le habían concedido el Premio Nobel. Junto a su cuerpo se encontró el manuscrito de El primer hombre, 144 páginas de carácter autobiográfico que fueron publicadas en 1994.

El primer hombreEn esta obra póstuma Camus nos habla de la infancia de Jacques Cormery cuyo padre emigrante casado con una menorquina analfabeta, murió en la Primera Guerra Mundial.  Camus nos habla de Cormery para hablar de él como si hablara de otro, y así nos hace partícipes de sus orígenes, del recuerdo de su madre, de sus maestros. Su madre que abocada a la miseria vivió una existencia ordinaria, gris. Su hijo en cambio tienen la oportunidad de salir de la oscuridad, la lengua le abrió los ojos, es “el primer hombre” que lo ve todo con claridad. El niño le debe mucho a su maestro, monsieur Germain, que “empleó todo su peso de hombre, en un momento dado, para modificar el destino de aquel niño que tenía a su cargo”. Él convenció a su abuela que quería meterlo a aprendiz, para que lo dejara examinarse de ingreso en el liceo y cursar enseñanza secundaria. Esto significó mucho para un niño condenado a la pobreza porque en la escuela, fuera cual fuera su origen social, los juzgaban “dignos de descubrir el mundo”.

Tuvo una infancia miserable pero se considera afortunado de ser pobre en medio de la belleza de la naturaleza: “Durante horas sin fronteras en un territorio sin límites, con la cabeza perdida en la luz incesante y los inmensos espacios del cielo, Jacques se sentía el más rico de los niños.”

CamusYa adulto, se encontró un día, en Argel, con el antiguo director de su escuela, monsieur Levesque. Levesque y su padre combatieron en Marruecos en las filas del ejército francés. Una noche descubrieron al centinela al que se disponían a relevar con “la cabeza caída hacia atrás, insólitamente girada hacia la luna”. Lo habían degollado. El padre estaba fuera de sí. “Al alba, cuando habían regresado ya al campamento, había dicho que los otros no eran hombres”. Levesque le contesta que “para ellos” así era como tenían que actuar los hombres, que estábamos en su tierra y que utilizaban todos los medios a su alcance”. Levesque cataloga la violencia de la que han sido testigos de tradición y resistencia. Cormery admite que pueda explicarse semejante acto, reconoce que puede tener causas sociales, raíces culturales y que puede resultar ser una estrategia de autodefensa. Pero al decirle Levesque que “para ellos, en algunas circunstancias, un hombre debe permitírselo todo”, Cormery  le contesta que no, “no, un hombre se contiene”. El hombre así, se define no por lo que hace sino por lo que el escrúpulo o la vergüenza le impiden hacer. El hombre que se rebela debe ser también un hombre que se contiene, al oprimido no todo le está permitido. No se puede emplear el terror para combatir el terror.

Unos años antes de morir y tras publicar El hombre rebelde, Camus tuvo una dura y famosa polémica con Sartre de periódico a periódico. Sartre le insistía a Camus que para revolucionar el orden de las sociedades humanas, era obligatorio que ellos, como intelectuales, se ensuciaran las manos. Camus le respondió que él no quería ser “ni víctima ni verdugo”. Para Sastre el fin justificaba los medios. Camus pensaba que la falta de libertades, el terrorismo de estado y la ausencia de garantías constitucionales convertían al modelo social estalinista en un sistema tan condenable como el sistema explotador capitalista.

El pasado 9 de noviembre se cumplieron cien años del nacimiento de Albert Camus.

Recordamos sus palabras al recibir el Nobel de Literatura en 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía  sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo de deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negociaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir.”

 

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