Archivo mensual: noviembre 2013

La sociedad de la ignorancia. Segunda parte

Como comenté la semana pasada, La sociedad de la ignorancia y otros ensayos es una obra que reúne tres ensayos. Sobre el primero y más extenso, y que además da título al libro, firmado por Antoni Brey, escribí en mi anterior entrada.

El segundo ensayo se titula La sociedad del desconocimiento. En él Daniel Innerarity nos plantea que el modelo de saber que hasta ahora hemos manejado era ingenuamente acumulativo; el nuevo saber que vamos adquiriendo se añade al anterior sin problematizarlo, haciendo así que retroceda progresivamente el espacio de lo desconocido y aumentando la calculabilidad del mundo. Pero esto, nos dice, ya no es así. Con el avance del conocimiento y precisamente en virtud de ese crecimiento, aumenta de manera más que proporcional el no-saber. Si en otras épocas los métodos dominantes para combatir la ignorancia consistían en eliminarla, los planteamientos actuales asumen que hay una dimensión irreductible en la ignorancia, por lo que debemos entenderla, tolerarla e incluso servirnos de ella y considerarla un recurso.

La sociedad del conocimiento se puede caracterizar precisamente como una sociedad que ha de aprender a gestionar ese desconocimiento. Hay asuntos en los que, al haber un saber seguro y sin riesgos, debe desarrollarse estrategias cognitivas para actuar en la incertidumbre. Para eso resulta necesario desarrollar una cultura reflexiva de la inseguridad, que no perciba el no-saber como un ámbito exterior de lo todavía no investigado sino como algo constitutivo del saber y de la ciencia. Entre los saberes más importantes está la valoración de los riesgos, su gestión y comunicación. Hay que aprender a moverse en un entorno que ya no es de claras relaciones entre causa y efecto, sino borroso y caótico.

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Cierra el libro el ensayo de Gonçal Mayos La sociedad de la incultura. En él se plantea que la enormidad de saber relevante producido amenaza superar las capacidades de la gente común. Al menos a medio plazo la amenazante obsolescencia cognitiva en los individuos no se producirá en su campo profesional, especializado y donde sean expertos; pero sí en aquellos conocimientos generales que precisan para, en tanto que ciudadanos con derecho a voto, poder decidir democráticamente y con conocimiento de causa sobre los procesos crecientemente complejos que configuran la vida humana actual.

Gran parte de la ciudadanía se desentiende de lo público común y se retira a lo privado. La evolución de la sociedad moderna ha tendido a magnificar la vida privada en detrimento de la pública, de la política colectiva y de la buena salud de la democracia. La vida profesional “privada” concentra y exige cada vez más los esfuerzos continuados de la población. Además, otra amplísima parte del tiempo y disponibilidades restantes se dedican a una vida aún más “privada” de ocio, consumo y diversión.

Gonçal Mayos concluye que es importante denunciar el advenimiento de una “sociedad de la incultura” que amenaza el saber y la cultura generales sin los cuales el individuo  está inerme, desconcertado e incapacitado para toda reflexión o decisión política que vaya más allá  de “intuir” los problemas y “reaccionar emotivamente” a ellos.

Sociedad de la ignorancia, sociedad del desconocimiento, sociedad de la incultura… esperemos que sea una parte del camino y que realmente avancemos hacia la construcción de una conciencia crítica que convierta el conocimiento en pensamiento, alejándonos de la ignorancia y de la incultura.

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La sociedad de la ignorancia. Primera parte

La sociedad de la ignorancia y otros ensayos es un libro publicado con licencia Creative Commons que reúne tres ensayos de Antoni Brey, Daniel Innerarity y Gonçal Mayos.

Antoni Brey en la Introducción de la obra afirma que nos encontramos en un tiempo singular, en el inicio de un nuevo periodo de la historia que él denomina “Segunda Edad Contemporánea”. Somos los protagonistas de un momento excepcional, de un proceso de cambio en el que se mezclan infinidad de interacciones y relaciones causales.

Si algo nos define como seres humanos es nuestra inteligencia que se manifiesta en dos facultades fundamentales: la habilidad para manipular nuestro entorno y la capacidad para comunicarnos de forma simbólica. Los saltos cualitativos en las habilidades para manipular el entorno tales como el control del fuego, la invención de la agricultura, el descubrimiento de los metales, la revolución industrial o el surgimiento de las actuales tecnologías de la información, han cambiado de raíz nuestra organización social y nuestra forma de interpretar la realidad.

Las innovaciones en la capacidad para comunicarnos han incidido profundamente sobre la cultura: la aparición del lenguaje y de la escritura, el desarrollo de la imprenta, la evolución de los medios de comunicación. En este sentido es importante comprender las diferencias esenciales entre las diferentes formas de comunicación en función de cómo fluye la información. Hasta hace muy poco sólo teníamos dos categorías básicas: las de las comunicaciones uno a uno (teléfono, telégrafo, correo postal…) y las de las comunicaciones uno a todos (libros, prensa escrita, radio, televisión…). En la actualidad, la irrupción de una nueva gama de tecnologías destinadas a manipular y transmitir información ha creado un panorama completamente distinto. Ha aparecido una nueva categoría, la de todos con todos. Los individuos han dejado de ser simples receptores pasivos y se han convertido en elementos activos de una estructura dentro de la cual se relacionan sin verse afectados por muchas de las restricciones que hasta hace muy poco imponían la existencia física del espacio y el tiempo.

2_Sociedad ignorancia_libros_webPartiendo de este planteamiento Brey en el primero de los ensayos, La sociedad de la ignorancia, hace una reflexión sobre la relación del individuo con el conocimiento en el mundo hiperconectado. El discurso actual da por sentado que las nuevas herramientas para manipular y acceder a la información nos van a convertir en personas más informadas, con más opinión propia, más independientes y más capaces de entender el mundo que nos rodea, una suposición que pone de manifiesto las connotaciones utópicas del concepto Sociedad del Conocimiento. Según explica Brey, la expectativa de esta Sociedad del Conocimiento ha resultado ser en la práctica una Sociedad de la Ignorancia.

Nuestra capacidad para acceder al conocimiento se ve inexorablemente condicionada por dos factores: la acumulación exponencial de información y las propiedades del medio como herramienta de acceso al conocimiento. Como individuos asistimos a un crecimiento constante de la parcela de realidad que cada uno de nosotros puede abarcar, sufriendo una intoxicación por exceso de información que se traduce en una dificultad creciente para discriminar lo importante de lo superfluo y para seleccionar fuentes fiables de información. En este sentido, como reacción, está surgiendo una actitud de renuncia al conocimiento por desmotivación, por rendición, y una tendencia a aceptar de forma tácita la comodidad que nos proporcionan las visiones tópicas prefabricadas.

El segundo factor radica en las características de las nuevas formas de comunicación en red. Hoy es habitual manipular varios documentos a la vez mientras se recaba información en Internet, se atiende al correo electrónico o se mantienen conversaciones simultáneas a través de los servicios de mensajería instantánea. Desde un punto de vista productivo somos más eficaces, pero también se ha incrementado sensiblemente la complejidad de la mayoría de los procesos. Es difícil focalizar y centrarse, gana la dispersión. Además, la comunicación permanente en red está demostrando ser un excelente potenciador de todo tipo de actividades relacionales. Pero en lugar de abrirnos a un conocimiento más amplio del mundo, resulta que nos impulsa a residir en otros creados a la medida de nuestras necesidades y temores. Una parte cada vez más importante de nuestra identidad reside en el mundo virtual y es indudable que la virtualidad tendrá una influencia decisiva sobre las personas, del mismo modo que la tuvieron otras incorporaciones culturales: el cine, las novelas o la música.

El rotoBrey menciona además que hay que tener en cuenta que la ignorancia de forma progresiva ha ido perdiendo sus connotaciones negativas y que el conocimiento no productivo se ha desacreditado. En demasiadas ocasiones confundimos la destreza para utilizar un complejo programa informático que nos permite escribir con el hecho de escribir algo interesante, o incluso con saber escribir.

El autor concluye que la Sociedad de la Ignorancia es el estado más avanzado de un sistema capitalista que basa la estabilidad de la sociedad en el progreso, entendido básicamente como crecimiento económico, mantenido gracias a la existencia de unas masas ahítas, fascinadas y esencialmente ignorantes.

Los riesgos tienen que ver con la división de la sociedad en dos castas, una masa acomodada en su ignorancia, fascinada por la tecnología y cada vez más alineada, y otra formada por los expertos en los saberes productivos y los soportes de un modelo económico insostenible. También con la peligrosidad de ser ignorantes cuando deben afrontarse retos cruciales. Por último, otro de los principales riesgos surge de los interrogantes que se plantean acerca del lugar que en la sociedad va a ocupar el individuo. Nuestra sociedad es el resultado de un largo proceso de individualización que ha desplazado el ámbito de la decisión sobre lo que es bueno o malo, adecuado o inoportuno, deseable o despreciable, desde el grupo a la persona. Pero el centro de gravedad de la sociedad del conocimiento mercantilizado se desplaza gradualmente desde el individuo hacia las estructuras colectivas. El saber productivo ha dejado de pertenecer a la masa o al experto aislado y se encuentra distribuido en grandes sistemas en los cuales el individuo es una pieza prescindible. Cada vez hay más saber en las organizaciones pero menos conocimiento en los individuos, más información en las memorias de silicio y menos en los cerebros humanos.

Para reflexionar.

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El primer hombre

El 4 de enero de 1960 Albert Camus sufrió un accidente de automóvil que le costó la vida. Camus tenía tan solo 47 años y hacía tres que le habían concedido el Premio Nobel. Junto a su cuerpo se encontró el manuscrito de El primer hombre, 144 páginas de carácter autobiográfico que fueron publicadas en 1994.

El primer hombreEn esta obra póstuma Camus nos habla de la infancia de Jacques Cormery cuyo padre emigrante casado con una menorquina analfabeta, murió en la Primera Guerra Mundial.  Camus nos habla de Cormery para hablar de él como si hablara de otro, y así nos hace partícipes de sus orígenes, del recuerdo de su madre, de sus maestros. Su madre que abocada a la miseria vivió una existencia ordinaria, gris. Su hijo en cambio tienen la oportunidad de salir de la oscuridad, la lengua le abrió los ojos, es “el primer hombre” que lo ve todo con claridad. El niño le debe mucho a su maestro, monsieur Germain, que “empleó todo su peso de hombre, en un momento dado, para modificar el destino de aquel niño que tenía a su cargo”. Él convenció a su abuela que quería meterlo a aprendiz, para que lo dejara examinarse de ingreso en el liceo y cursar enseñanza secundaria. Esto significó mucho para un niño condenado a la pobreza porque en la escuela, fuera cual fuera su origen social, los juzgaban “dignos de descubrir el mundo”.

Tuvo una infancia miserable pero se considera afortunado de ser pobre en medio de la belleza de la naturaleza: “Durante horas sin fronteras en un territorio sin límites, con la cabeza perdida en la luz incesante y los inmensos espacios del cielo, Jacques se sentía el más rico de los niños.”

CamusYa adulto, se encontró un día, en Argel, con el antiguo director de su escuela, monsieur Levesque. Levesque y su padre combatieron en Marruecos en las filas del ejército francés. Una noche descubrieron al centinela al que se disponían a relevar con “la cabeza caída hacia atrás, insólitamente girada hacia la luna”. Lo habían degollado. El padre estaba fuera de sí. “Al alba, cuando habían regresado ya al campamento, había dicho que los otros no eran hombres”. Levesque le contesta que “para ellos” así era como tenían que actuar los hombres, que estábamos en su tierra y que utilizaban todos los medios a su alcance”. Levesque cataloga la violencia de la que han sido testigos de tradición y resistencia. Cormery admite que pueda explicarse semejante acto, reconoce que puede tener causas sociales, raíces culturales y que puede resultar ser una estrategia de autodefensa. Pero al decirle Levesque que “para ellos, en algunas circunstancias, un hombre debe permitírselo todo”, Cormery  le contesta que no, “no, un hombre se contiene”. El hombre así, se define no por lo que hace sino por lo que el escrúpulo o la vergüenza le impiden hacer. El hombre que se rebela debe ser también un hombre que se contiene, al oprimido no todo le está permitido. No se puede emplear el terror para combatir el terror.

Unos años antes de morir y tras publicar El hombre rebelde, Camus tuvo una dura y famosa polémica con Sartre de periódico a periódico. Sartre le insistía a Camus que para revolucionar el orden de las sociedades humanas, era obligatorio que ellos, como intelectuales, se ensuciaran las manos. Camus le respondió que él no quería ser “ni víctima ni verdugo”. Para Sastre el fin justificaba los medios. Camus pensaba que la falta de libertades, el terrorismo de estado y la ausencia de garantías constitucionales convertían al modelo social estalinista en un sistema tan condenable como el sistema explotador capitalista.

El pasado 9 de noviembre se cumplieron cien años del nacimiento de Albert Camus.

Recordamos sus palabras al recibir el Nobel de Literatura en 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía  sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo de deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negociaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir.”

 

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50 años sin Cernuda

Luis Cernuda“Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros p
aisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos”.  Cernuda

Hoy se cumplen 50 años sin Cernuda, uno de los mejores poetas en lengua española. Recordemos algunos de sus versos. Volvamos a leer su poesía, qué mejor homenaje.

“Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido”.

 

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Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura

“Durante el invierno de 196…, un hombre anormalmente gordo estuvo a punto de caerse al estanque de agua sucia donde se bañaban los osos blancos.” Hasta ese día el hombre gordo no se separaba de su hijo en ningún momento, iban juntos a todas partes, comían juntos… Para el hombre gordo su hijo Mori, retrasado mental, suponía una carga bastante pesada y le gustaba verse como una víctima pero también sabía que él se lo había buscado. Este hombre gordo es el protagonista del cuento Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura del escritor japonés, ganador del Premio Nobel en 1994, Kenzaburo Oé.

Kenzaburo-Oe

El hombre gordo dormía solo desde hacía unos años en la cama de matrimonio que había compartido con su mujer y se quejaba de que su madre no le hacía ni caso, sobre todo, cuando le preguntaba sobre su padre y su reclusión hasta su muerte. Necesitaba saber cuál era la naturaleza de la locura de su padre para entender mejor la suya. Su madre se negaba a darle explicación alguna y él se había propuesto reconstruir la imagen del aquel hombre.

Al hombre gordo le gustaban los niños y hasta aquel día decisivo en el que estuvo a punto de caer en el estanque de los osos, no había logrado jamás conciliar el sueño sin tener un brazo extendido hacia la cama de su hijo, instalada junto a la cabecera de la suya, con el fin de protegerlo en todo momento. Pero aquel día se planteó si “¿no cabía la posibilidad, mirándolo bien, de que fuera él el hombre gordo que supuestamente dormía con su brazo extendido para prestar ayuda a su hijo, quien buscara la cálida manita de la criatura para reponerse después de haber sido arrancado del sueño por alguna terrorífica pesadilla en plena noche…?”

Dinos cómo sobrevivirEl hombre gordo llevó a su hijo a que le revisaran la vista y descubren que no distingue los colores y que no puede ver más allá de unos pocos metros. Decidido a comprobar por él mismo el diagnóstico, lleva a su hijo al zoo donde se extravían y acaban encontrándose con un grupo de jóvenes jornaleros que le agreden y le tiran al estanque de los osos. El hombre gordo pierde a su hijo y desesperado, creyendo que el niño no podrá sobrevivir sin él, pide ayuda. Por fin encuentra a su hijo que había sido recogido por la policía, sano y salvo. Así, el hombre gordo se da cuenta de que su hijo puede sobrevivir sin él. Los lazos entre él y su hijo se habían roto. Por otra parte también decide quemar todo lo que había escrito sobre su padre.

El hombre gordo quiere ser un hombre nuevo, adelgaza y va a la sauna al menos una vez a la semana. “Un día de primavera, hacia el mediodía, mientras se duchaba después de la sauna, vio delante de él a un desconocido de piel bronceada que le intrigó profundamente. El vaho que empañaba el espejo sin duda estaba allí por algún motivo: ese desconocido era él. A fuerza de observar la imagen que llenaba el espejo, fue advirtiendo en ella numerosos síntomas de desequilibrio mental. Pero, esta vez, ya no tenía ni hijo ni padre con quienes compartir la locura que se apoderaba de él cada vez con más fuerza, amenazando con invadirlo por entero. La única libertad que le quedaba contra esa locura, era la de hacerle frente en solitario”.

El hombre gordo se aferraba a la supuesta locura de su padre y a la discapacidad de su hijo. Todos hacemos más o menos algo parecido. Nos aferramos a la pérdida o a la culpa.

Además de esta historia en el libro titulado Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura,  podemos encontrar otros dos cuentos, Agüí, el monstruo del cielo y El día que él se digne enjugar mis lágrimas. Realmente muy recomendable la obra de  Kenzaburo Oé.

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