Los peces no cierran los ojos

Dice el escritor José Ovejero que marcamos con ritos los momentos importantes de nuestra vida para que no sucedan sin más, para detenernos en ellos y saber que años después recordaremos ese instante o ese día como aquel que produjo un cambio, que dio inicio a algo, triste o alegre o sencillamente trascendente para nosotros.

Siempre he pensado que  el verano produce en nosotros una pequeña metamorfosis y que, después del paréntesis vacacional, volvemos a nuestra actividad diaria transformados por sensaciones y reflexiones que sólo han podido nacer en medio de una especie de ralentización del tiempo que acompaña a esta estación.
Erri de LucaLos peces no cierran los ojos es una novela corta de Erri De Luca, uno de los escritores italianos más interesantes del panorama actual, que transcurre a lo largo de un verano. Novela escrita con un lenguaje depurado, sin florituras, directo pero lleno de lirismo que nos habla de la infancia, de un verano de un niño que tiene una visión particular de la justicia y del amor.
En Los peces no cierran los ojos un hombre de cincuenta años nos cuenta como fue el verano en el que cumplió 10 años. “La infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años”. Acaba pero, como nos explica el protagonista, no ocurre nada, uno se queda dentro del mismo cuerpo de crío pero con la cabeza cambiada, según él a peor. El cuerpo crece más lento que su cerebro.
 Niño de ciudad que en verano acababa en una pequeña isla al sur de Italia, junto a Nápoles: “La isla que yo habitaba era justo de mi talla, como el Mediterráneo, que es grande pero contenido en el regazo de las tierras”. En el pueblo de pescadores pasaba el tiempo en la playa mirando el ajetreo de las barcas, ayudando a un pescador con los remos, pescando: “En la playa de los pescadores, los viejos reparaban las redes, sentados con las piernas abiertas, las manos que actuaban por su cuenta. Los ojos poco veían, ninguno llevaba gafas. Lo que había que ver, las manos ya se lo habían aprendido de memoria. Actuaban a olfato libre, mirando hacia delante, en dirección al mar, que estaba también dentro de ellos.”
Los peces no cierran los ojosHabía terminado ya la escuela primaria y había salido del primer curso de la escuela media donde por fin se admitía el bolígrafo y se había librado del babi negro. El protagonista lee de todo y le gusta todo lo que está escrito, a través de los libros de su padre aprende a conocer a los adultos por dentro. “Yo creo en lo que veo escrito. Hablando se dicen un montón de mentiras. Pero cuando uno las escribe, entonces es verdad”.
Acababa de leer el Quijote: “Quijote tenía razón, a mis diez años nada era lo que parecía. La evidencia era un error, por todas partes había un doble fondo y una sombra”. El Quijote cuando emprende su aventura tiene 50 años, “la edad de cornisa para quien roza el abismo como sonámbulo”, la misma edad que el narrador.
En la isla, el protagonista está con su madre y con una hermana más pequeña. Su padre, hijo de una norteamericana que se afincó en Nápoles y que nunca volvió a su país, se ha marchado a Estados Unidos a buscar trabajo. Cuando lo encuentra y pide a su mujer que vaya a reunirse con él, la madre del narrador no quiere acompañarle, no ve la necesidad de abandonar su tierra, su entorno conocido.
En la playa conoce a una chica del norte que se pasaba todo el tiempo leyendo libritos policíacos. El narrador no recuerda su nombre ni sabe si la reconocería ahora si se la encontrara por la calle pero no ha olvidado la impresión que causó en él. Ella, que continuamente lo anima a que no pierda el tiempo y que es escritora de historias de animales. Por ella recibe una enorme paliza  de tres muchachos que rivalizan con él por ganar la atención de la joven veraneante del norte.  Con ella vive su primer amor.
Se acaba el verano y llega septiembre y las primeras lluvias: “la primera lluvia sobre la isla se recibía con recipientes al aire libre. Era alegre el ruido de las gotas dentro de las palanganas, los cubos, las ollas y las sartenes. El agua de lluvia después de tanto seco era una tarantela desatada entre los patios”. También llegan las despedidas. La cita es en el muelle y se encaminan a la playa. Ella le pregunta si le gusta el amor: “Antes lo leía en los libros y no entendía por qué los adultos se acaloraban tanto. Ahora lo sé, provoca cambios y a las personas les gusta que las cambien. (…) No es una serenata en el balcón, se parece a una marejada de ábrego, revuelve el mar por encima y  por debajo lo remueve”
La chica del norte lo besa y él no cierra los ojos, como los peces.
“- Cierra esos benditos ojos de pez.
– Es que no puedo. Si tú vieras lo que veo yo, no podrías cerrarlos.”
Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Lecturas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s