Leer para ver con nuevos ojos

¿De qué forma se vincula la literatura con el conocimiento más allá de la experiencia estética?

Gracias a una entrada en el Blog de Trànsit Proyectes descubrí una interesante reflexión sobre la lectura del filósofo y escritor suizo Alain de Botton. El escritor se plantea que la literatura es un buen instrumento para adquirir nuevas formas de observación e interpretación de lo que nos rodea. Como dijo Proust “El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.” Cuando leemos un libro descubrimos el mundo que construye el escritor y éste pone su atención sobre lo más significativo, nos ofrece un punto de vista particular y diferente. Lo que nos propone  De Botton es que con la lectura, iniciamos un proceso de aprendizaje y no solamente vemos con nuestros ojos el mundo que pone ante nosotros el autor de una obra, sino que nosotros, lectores, aprendemos a ver el mundo con los ojos del escritor.

camb-proustAlain  de Botton escribe  en Cómo cambiar tu vida con Proust una particular biografía del escritor francés. Es una invitación a leer a Proust, a usar a Proust para pensar sobre la vida. Anima a ver el mundo moderno con los ojos del escritor en lugar de querer ver el mundo del escritor con ojos modernos.

Os copio un breve fragmento de la obra que me parece interesante y que ilustra perfectamente como la literatura es una buena forma de acceso al conocimiento, al mundo.

“Proust tenía un amigo llamado Gabriel de la Rochefoucauld. Era un joven aristócrata, uno de cuyos antepasados había escrito, en el siglo XVII; un libro famoso, breve y conciso, a quien le agradaba pasar el tiempo en los lugares nocturnos más atractivos de París, hasta el punto de que alguno de sus más sarcásticos contemporáneos lo había rebautizado como «el De la Rochefoucauld de chez Maxim’s». Sin embargo, en 1904 Gabriel renunció a la vida noctámbula para dedicarse a la literatura. El resultado de sus desvelos fue una novela titulada El amante y el doctor, que envió a Proust cuando no era más que un manuscrito recién terminado, pidiéndole que se lo comentase y le diera los consejos que considerara oportunos.

«Ten presente que has escrito una espléndida novela, muy convincente sin duda; una soberbia obra trágica, de compleja y consumada maestría artística», indicó Proust a su amigo, quien bien pudo formarse una impresión ligeramente distinta después de leer la muy extensa carta que antecedía a este elogio. Diríase que aquella soberbia obra trágica presentaba algunos problemas, el menor de los cuales no era que estuviera repleta de clichés: «Hay algunos espléndidos paisajes de grandes proporciones en tu novela -explicó Proust con gran delicadeza-, pero en ocasiones uno desearía que estuviesen pintados con más originalidad. Es muy cierto que el cielo parece estar en llamas a la puesta del sol, pero eso es algo que se dice demasiado a menudo, y esa luna que luce con discreción es un poco sosa y falta de brillo.»

Podríamos preguntarnos por qué Proust ponía toda clase de reparos a las frases que se utilizaban con demasiada frecuencia. A fin de cuentas, ¿no luce la luna con discreción? ¿No parece envuelto en llamas un atardecer? ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares?

El problema de los clichés no es que contengan ideas falsas, sino más bien que son la expresión superficial de muy buenas ideas. El sol muchas veces arde cuando se pone, y la luna suele brillar con discreción, pero si seguimos diciendo esto cada vez que vemos el sol o la luna, terminaremos por pensar que ésa es la última palabra que se puede decir al respecto, no la primera. Los clichés van en detrimento de la expresión en tanto nos inducen a pensar que describen de modo apropiado una situación, cuando en realidad suponen un mero arañazo superficial. Y si esto tiene importancia, es porque nuestra forma de hablar está, en definitiva, vinculada a nuestra forma de sentir, ya que la manera en que describimos el mundo tiene que reflejar a ciertos niveles cómo lo experimentamos.”

Cómo cambiar tu vida con Proust. Alain de Botton.

 

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