El valor de las palabras

Leí hace unos días que la Consejería de Vivienda de Castilla-La Mancha había remitido un escrito a sus delegaciones territoriales en el que ordenaba que se debía omitir la palabra “desahucio”, “desalojo”, “alzamiento” y “pérdida o privación de su vivienda” en la información que debían enviar a las familias a las que se les adjudicó una vivienda social y a las que tenían que someter a este procedimiento. El escrito remitido por la consejería de Vivienda del Gobierno de Cospedal señala que las palabras prohibidas se han de “sustituir por otras menos contundentes” y da alternativas, que no son más que eufemismos como, por ejemplo, que “el impago producirá todos los efectos previstos en la normativa”.

Poco después, la Plataforma de afectados por las hipotecas (PAH), respondió a la presidenta de Castilla-La Mancha con el siguiente tuit: “Señora Cospedal, nos vemos en la obligación de indicarle que prohibir el uso de una palabra no elimina la realidad. Dígale desahucio o crimen”.

“Algo muy serio, muy cargado, muy peligroso, tiene que haber en las palabras cuando los que mandan ponen tanto interés en controlarlas o en tergiversarlas, o en vaciarlas de sentido”  dice Antonio Muñoz Molina en una entrada de su Blog Escrito en un instante, esta misma semana.

El lenguaje del Tercer ReichNo he podido evitar acordarme de la obra del filósofo Víctor Klemperer “LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo”. Klemperer víctima de la pesadilla nazi a causa de su ascendencia judía ofrece en esta obra un lúcido testimonio del uso viciado del lenguaje. Como él mismo dice, “las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo del tiempo se produce el efecto tóxico”. “El lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente”. El lenguaje crea y piensa por nosotros, guía nuestras emociones.

Muñoz Molina nos cuenta que George Orwell, el escritor que según él se rebeló más lúcidamente contra el totalitarismo en el siglo pasado, tuvo siempre una preocupación obsesiva por el lenguaje, por la necesidad de mantener su claridad, su precisión.  Porque, según sus propias palabras, ” si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”.

“Las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo de su lenguaje” Víctor Klemperer

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Sin pensarlo dos veces

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s