La música que hace sonar nuestras emociones

De que me suena esoCuenta Máximo Pradera  en su libro ¿De qué me suena eso? que en 1957, el guitarrista de color (negro) Chuck Berry compuso un tema electrizante, Roll over Beethoven, que supuso para muchos el anuncio oficial  de que acababa de llegar a Estados Unidos, y por lo tanto al mundo entero, un nuevo tipo de música que se oponia frontalmente a la que se había oído hasta ese momento: el rock and roll. La canción de Berry dice: ” Pasa de Beethoven/Y comunícale a Tchaikovski las novedades.”  La expresión Roll over Beethoven significa algo así como “enrolla (para guardar) la partitura de Beethoven” porque no la vas a necesitar: acaba de llegar el Rock and Roll.

Algunos años más tarde los Beatles hicieron una versión del tema de Berry que se hizo tan célebre o más que la canción original. Y sin embargo, los Beatles estaban muy familiarizados con la música de Beethoven. Pradera nos comenta que se dice que cuando vinieron a España a dar un par de conciertos y los periodistas franquistas empezaron a provocar a “los melenudos” con preguntas del tipo: “¿Pero ustedes han oído música de verdad? ¿Han oído a Beethoven?”, Paul McCarney respondió con otra pregunta: “¿Cuál de las nueve sinfonías quiere que le silbe?”.

Lo que es innegable es que la música clásica ha ido disminuyendo en importancia en la educación occidental, pero no desde la llegada del rock and roll y Chuck Berry, sino desde la primera mitad del siglo XVIII. Hoy en día, arrastrar al público a una  sala de conciertos para que escuche música clásica es una tarea ardua y eso que los conciertos ahora no duran lo que en la época de Beethoven, en la que el público podía perfectamente tirarse cuatro horas sentado en la butaca de un auditorio.

Todos sabemos  que a  pesar de que los conciertos hoy en día son más light que en tiempos de nuestros tatarabuelos, los programadores se las ven y se las desean para que el público llene un auditorio.  Dice Pradera que los organizadores de veladas musicales y los directores de festivales han confesado alguna vez el miedo que les produce salirse del sota, caballo y rey que se escucha en casi todos los conciertos, porque al introducir innovaciones, para tratar de ganar nuevos adeptos, se corre el riego de defraudar a los espectadores tradicionales.

Fiesta de la música de Calafellvalo

Fiesta de la música de Calafellvalo

¿Qué causa el rechazo de la música clásica entre los jóvenes? ¿Por qué Chuck Berry les dijo a sus fans  que había que enrollar a Beethoven? No se trata sólo de que la música clásica sea más difícil de escuchar que el pop de usar y tirar. Tal vez una de las explicaciones de la falta de sex appeal de la música clásica sea su excesiva formalidad. El diccionario define la palabra “formalidad” como “exactitud en las acciones”, y Leonard Bernstein ya dijo, al explicar a los niños en sus Conciertos para jóvenes lo que es la música clásica, que para él la palabra que mejor define este tipo de música es la palabra “exacta”: no puedes tomarte ningún tipo de libertad con la partitura. Un mal camino es llamarla música culta, porque implica que sólo la gente muy inteligente y muy instruida puede comprenderla y disfrutarla. Tampoco la podemos llamar música sinfónica, porque estaríamos excluyendo desde los cuartetos de cuerda hasta las sonatas para piano. Tal vez podríamos hablar de música especializada. No sé, el caso es que todos entendemos a qué nos referimos cuando hablamos de música clásica.

La música clásica se ha estereotipado como un arte de los muertos, un repertorio que empieza con Bach y termina con Mahler y Puccini. Algunas personas se muestran a veces sorprendidas al enterarse de que los compositores siguen componiendo: Schoenberg, Stravinsky, Berg, Webern, Bartók, Sibelius, Britten, Messiaen, Glass, Cage, Feldman… son sólo una muestra de ello.

De vez en cuando surgen iniciativas novedosas como los conciertos que ofrece la discográfica  Deutsche Grammophon, en los que algunos de los más aclamados intérpretes clásicos se prestan al juego de tocar en contextos inhabituales como discotecas. La iniciativa se ha llevado a cabo ya en Nueva York, Seúl o Salzburgo y también  en La nave de la Música, del Matadero de Madrid, en octubre del año pasado. La escuela tiene un papel muy importante pero la enseñanza de la música es cada vez más reducida. También el cine ayuda, muchas grandes obras de la música clásica suenan en las bandas sonoras.

En la película Cadena Perpetua hay un momento en el que el personaje interpretado por Tim Robbins se encierra en el despacho del alcaide y pone, a través de la megafonía de la prisión, el dueto Che soave Zeffiretto, de Las bodas de Fígaro. La cámara recorre el patio de la cárcel mostrando a los presos patidifusos ante la arrebatadora música de Mozart, mientras el personaje interpretado por Morgan Freeman, dice en off: “No tengo ni idea de lo que aquellas dos señoras italianas estaban cantando. La verdad es que no quiero saberlo. Algunas cosas es mejor ignorarlas. Me gusta pensar que estaban cantando acerca de algo tan hermoso que no puede ser expresado con palabras… aquellas voces se elevaban más alto y más lejos de lo que nadie en este lugar tan gris se hubiera atrevido a soñar. Era como si un hermoso pájaro hubiera sobrevolado nuestras cabezas y hubiera hecho que nuestras paredes se disolvieran. Y por un breve instante, hasta el último hombre de la prisión se sintió libre.”

Estoy con el filósofo José Luis Pardo cuando dice que al ser la forma más abstracta y desnuda de nuestros sentimientos, la música es capaz de movilizar y hacer sonar nuestras emociones con una pureza que se diría superior a la de otras artes. Escuchemos música.

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