¡Al ladrón, al ladrón!

Son muchos los casos de corrupción que están saliendo a la luz desde un tiempo a esta parte. El aumento en los últimos cinco años de investigaciones judiciales sobre la corrupción en nuestro país es bastante considerable: el caso Gürtel, el del Palau de la Música de Cataluña, el caso Pokemon, el de Iñaki Urdangarin y el Instituto Nóos, el de los ERE en Andalucía, el más antiguo caso Malaya y el más actual caso Bárcenas…

Víctor Lapuente Giné, profesor de Ciencia Política en el Quality of Government Institute de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), en un artículo titulado ¿Por qué hay tanta corrupción en España?” que publicó el diario El País hace varios años comenta que “como la literatura moderna sobre corrupción señala, las causas de la corrupción no hay que buscarlas en una “mala cultura” o en una regulación insuficiente, sino en la politización de las instituciones públicas. Las administraciones más proclives a la corrupción son aquéllas con un mayor número de empleados públicos que deben su cargo a un nombramiento político. Y aquí, el contraste entre España y los países europeos con niveles bajos de corrupción es significativo. En una ciudad europea de 100.000 a 500.000 habitantes puede haber, incluyendo al alcalde, dos o tres personas cuyo sueldo depende de que el partido X gane las elecciones. En España, el partido que controla un gobierno local puede nombrar multitud de altos cargos y asesores, y, a la vez, tejer una red de agencias y fundaciones con plena discreción en política de personal.”

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Fernando Jiménez y Vicente Carbona, tras estudiar numerosos sumarios judiciales y extraer de ellos las actitudes y las frases más recurrentes, publicaron, en febrero de 2012 en la revista Letras Libres, un Dossier titulado Como funciona la corrupción en España, un ensayo sobre los motivos que impulsan a los políticos, los empresarios y a la sociedad a incurrir y aceptar la corrupción.

Según estos autores la persona que ejerce un cargo público es percibido como “la llave” para satisfacer determinados intereses particulares y enriquecerse. Si no aprovecha la oportunidad que se le ofrece es porque es tonto, “si tú no lo haces otro lo hará” Y la impunidad está prácticamente asegurada. La corrupción es inevitable, el sistema funciona así, lo raro es que las cosas funcionen de otra manera. Sin embargo, nos comentan casi al final de su informe que la corrupción en España no constituye un caso excepcional ni en su forma ni en su extensión.  Lo realmente lamentable, dicen estos autores, es que la distancia que perciben los ciudadanos entre su ideal democrático y la realidad existente, representa una peligrosa desconfianza generalizada en las instituciones y en la capacidad de los sistemas de administración para resolver el problema de la corrupción. Nada nos autoriza a pensar que los políticos sean una raza aparte, son como los demás, vienen de la ciudadanía y vuelven a ella.

Elvira Lindo en su artículo publicado ayer en El País, Adonde el dinero va, comenta que cuando lee sobre la corrupción en la vida española como si lo que ahora está pasando hubiera sido algo así como un brote infeccioso localizado exclusivamente en la clase política española, le entran ganas de preguntar en qué país de ciegos hemos estado viviendo. Porque de una manera o de otra muchos hemos participado como “chorizillos” estando convencidos de que “el Estado era un ente sin fondo al que no solo podíamos esquilmar sino que debíamos hacerlo, como parte de nuestro proverbial desprecio al sistema”. Hay comportamientos que aun sin ser delictivos delatan qué grado de honradez colectiva gozamos. “Ahora que no hay dinero estamos aprendiendo a pedir cuentas a los que las administran. Si antes no lo hicimos es porque entendíamos que el dinero de Estado no valía tanto como el que nosotros teníamos en los bolsillos”.

Cuando hablo con mis amigos sobre este tema, lo que más me desanima es la percepción de que no podemos hacer nada y que desde nuestra iniciativa ciudadana no podemos cambiar las cosas.

Adela Cortina en su obra La ética de la sociedad civil nos dice que los ciudadanos somos insustituibles en la la ética de la sociedad civilconstrucción de nuestro mundo moral, porque los agentes de moralización, los encargados de formular los juicios morales, de incorporarlos y trasmitirlos a través de la educación, no son los políticos, ni los personajes del mundo de la imagen, ni los cantantes, ni el clero, ni los intelectuales, sino todos y cada una de las personas que formamos parte de la sociedad.

Urge optar por una moral de la responsabilidad, que nos haga tomar en serio la construcción de nuestra realidad social. “Porque la ética pública consiste en gestionar con responsabilidad los dineros y las aspiraciones públicas, haciendo de la justicia la virtud soberana de la vida compartida. Incorporarla es cosa de toda la sociedad, pero las élites políticas, económicas y mediáticas tienen mayor poder y, por tanto, mayor responsabilidad”.

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