En cumplimiento del deber

Hace unos días un amigo me envió un resumen del experimento Milgram. Lo cierto es que no recuerdo como conocí a este psicólogo norteamericano, Stanley Milgram, profesor de la Universidad de Yale donde realizó sus investigaciones, ni por qué leí sobre sus experimentos, pero al volver a leer “Los peligros de la obediencia” pensé en los empleados de los bancos y en los funcionarios  que intervienen en los desahucios, en nuestra complicidad con la violencia y la represión, en tantas situaciones cotidianas en el trabajo en el que el “cumplimiento del deber”  nos hace participar, por miedo o por ignorancia, de las medidas represoras del sistema.

Milgram realizó una serie de experimentos para averiguar cuánto dolor infligiría un ciudadano común a otra persona simplemente porque un experimentador le ordenara hacerlo. Los resultados fueron bastante sorprendentes ya que más del 60% de los participantes obedecieron en todo. Bajo condiciones de influencia directa de quien ostenta la autoridad y bajo la amenaza de un peligro concreto proveniente de esa autoridad si no se ejecuta lo que ella ordena, personas y hasta grupos humanos son capaces de cualquier cosa cuando se encuentran bajo la presión de la necesidad inmediata de obedecer. Además, en los experimentos se descartó el papel del instinto de agresión. Podría parecer que cuando se pone a una persona en situación de dominio total sobre otra a quien puede castigar a su albedrío, saldrán a relucir todas sus inclinaciones agresivas. Milgran comprobó que las personas que infligían dolor a otras eran las que lo hacían por un sentido de obligación y no por una tendencia sádica. Por eso nos dice que la lección fundamental de su estudio es que al desempeñar sencillamente un oficio, sin hostilidad especial de su parte, “el hombre común puede convertirse en agente de un proceso terriblemente destructor”.

Lo esencial de la obediencia es que una persona llega a considerarse instrumento para realizar los deseos de otra, y por tanto deja de creerse responsable de sus propios actos. La persona se considera responsable ante la autoridad que la dirige, pero no del contenido de los actos que le ordenan ejecutar. “Lo hicieron en cumplimiento de su deber”. Además, en las sociedades complejas es fácil pasar por alto la responsabilidad cuando uno es solamente un eslabón intermedio de una cadena de actos. “Cuando ingresa en una oficina, una fábrica o el ejército, el individuo tiene que ceder por fuerza cierta dosis de criterio personal para que aquellos sistemas más extensos puedan funcionar eficientemente. En esta situaciones de trabajo no se considera uno responsable de sus propias acciones, sino agente que pone por obra los deseos de otra persona”. Existe una fragmentación del acto humano y así nadie se enfrenta a las consecuencias de haber decidido hacer un acto que daña a los demás.

Milgram se pregunta si podremos evitar esta fácil aceptación de la autoridad mal dirigida, perversa. Y concluye que nuestra conciencia, nuestra responsabilidad como ciudadanos,  es el primer paso para liberarnos, que estamos obligados a colocar en los puestos de autoridad a aquellos que más probablemente la ejercerán humanitariamente.

“Acaso el siguiente paso sea inventar y explorar formas políticas que den a la conciencia más oportunidades de oponerse a la autoridad equivocada”

Canción We Do What We’re Told (Milgram’s 37) (Hacemos lo que nos dicen) de Peter Gabriel, basada en el experimento Milgram

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