Educar para la incertidumbre

Creo que cada vez es más necesario aprender a vivir sin certezas. La situación actual ofrece pocas seguridades y lo que hasta ahora eran valores en alza como la acumulacióny la conservación estan en crisis. Instituciones y formas de vida tan arraigadas como el empleo estable, la vivienda en propiedad o la familia se están transformando profundamente.

Como dice Ángel Gabilondo en una entrada de su blog El salto del ángel titulada “En vilo”, no acabamos de sentirnos seguros y la sola posibilidad de que todo podría empeorar radicalmente, lo que no se descarta, nos mantiene en una suerte de parálisis preventiva o de movimientos titubeantes. Estamos en vilo.

En 1999, la UNESCO solicitó a Edgar Morin, sociólogo e investigador francés (París, 1921), expresar sus ideas en torno a la educación de cara al futuro. Un proyecto de compromiso con las últimas propuestas de desarrollo sostenible y situado dentro del marco del ´Pensamiento complejo´. Morin quiso contar con sus contemporáneos y convocó a decenas de pensadores de todo el mundo para que el proyecto fuese verdaderamente global y multidisciplinar. El resultado de dicho trabajo lo recogió en un extraordinario texto conocido como los “Siete Saberes necesarios para la educación del futuro”.  Uno de estos saberes es el de afrontar las incertidumbres. Todas las sociedades creen que la perpetuación de sus modelos se producirá de forma natural. Los siglos pasados siempre creyeron que el futuro se conformaría de acuerdo con sus creencias e instituciones. El Imperio Romano, tan dilatado en el tiempo, es el paradigma de esta seguridad de pervivir. Sin embargo, cayó, como todos los imperios anteriores y posteriores. La cultura occidental dedicó varios siglos a tratar de explicar la caída de Roma y continuó refiriéndose a la época romana como una época ideal que debíamos recuperar. El siglo XX ha derruido totalmente la predictividad del futuro como extrapolación del presente y ha introducido vitalmente la incertidumbre sobre nuestro futuro. La educación debe hacer suyo el principio de incertidumbre, tan válido para la evolución social como la formulación del mismo por Heisenberg para la Física.

Este nuevo milenio viene cargado de más preguntas que de respuestas. Las ciencias se replantean sus paradigmas y las teorías se tambalean ante nuevas hipótesis. Es el tiempo de la imaginación. Es decir, es tiempo de abordar el conocimiento desde sus diferentes ópticas, desde las más formales hasta las más fantasiosas.

Se diseñan programas para estudiantes que están iniciando su vida y van a permanecer dieciséis años en la educación formal, cuando es casi imposible  saber lo que va a ocurrir cuando se incorporen al mundo del trabajo. El caso es que le  inducimos a creer que con lo que están aprendiendo van a tener resuelto su futuro, mientras que lo razonable sería ayudarles a construirlo.

¿Qué tendría que cambiar en nuestra forma de aprender y de educar para que nuestro sistema educativo deje de ser anacrónico y esté en armonía con los espacios y los tiempos en los que vivimos? Enrique Martínez Ludeña nos plantea que  una de las primeras medidas sería abandonar el utilitarismo de los conocimientos; dejar de aprender con la intención de usar y empezar a hacerlo para formarse, para darse forma como persona. Aprender a leer es útil, pero es mucho más que eso. Leer no es traducir lo que está escrito, ni comprender y ejecutar correctamente una secuencia de instrucciones; leer es descubrir qué hay más allá de las palabras. Y lo mismo podría aplicarse para el cálculo, el dibujo, la historia, la física o cualquier otro de los saberes convencionales.

Un segundo cambio, que está relacionado con el anterior, es dejar de enseñar lo que creemos que se va a necesitar y empezar a enseñar lo que ahora se necesita; es decir, proporcionar aquello que tiene un sentido para el que aprende, aunque solo sea el de disfrutar con ello. Se trata de resolver un problema real, una situación concreta, que no es trivial pero que está dentro de nuestras posibilidades, con todos los conocimientos y habilidades que tenemos en este momento, así como con aquellas que tendremos que adquirir o desarrollar durante el proceso.

Y este enfrentamiento con situaciones en las que somos los protagonistas y no solo los ejecutores debería conducir a una concepción distinta del acierto y el error, el éxito y el fracaso, lo correcto y lo incorrecto, lo verdadero y lo falso y tantas otras dicotomías asociadas a nuestra necesidad de seguridades. Sería una forma de descubrir que el mismo problema se puede resolver de múltiples formas diferentes y que, mientras se buscan, es habitual equivocarse y enmendar lo que se hace, aprendiendo de ello. Esto nos volvería más flexibles y menos propensos a tener prejuicios, que son dos de los requisitos indispensables para enfrentarse a lo desconocido, en oposición a la rigidez y el dogma que suelen acompañar el mundo de lo académico.

A lo largo de la historia ha ido cambiando el concepto de estar formado. Según la época, estar formado era lograr la perfección; tener un conocimiento armónico; ser crítico. Ahora, en la sociedad de la información, estar formado pasa por ser creativo. ¿Yqué significa ser creativo?. Daniel Innerarity nos dice que significa:

Gestionar la información. Saber dónde hay el saber, qué conocimiento es prescindible y qué hay que ignorar. El que es creativo es el que nos dice qué no hay que saber.

Gestionar técnicas que nos permitan salir adelante con un saber incompleto. Y eso es lo que hay que enseñar: a desenvolverse bien sin saberlo todo.

• Estar muy formado significa estar preparado para aniquilar información.

• El aprendizaje creativo no se basa en un aprendizaje acumulativo en el que ante unos problemas se aplican unas normas y se solucionan estos problemas. El aprendizaje creativo amplía el repertorio de posibilidades; es un aprendizaje reflexivo. No busca soluciones, sino que intenta identificar los problemas. Y esto es básico en la sociedad del conocimiento.

• El aprendizaje creativo se produce en un entorno inestable y en cambio constante. Así pues, hay que estar preparado para un aprendizaje que desestabiliza, que entra en conflicto con lo que ya se sabía anteriormente y que provoca reflexiones y cambios. El aprendizaje no se acumula, se cambia. Y educar en esta línea es difícil. Una educación en la doctrina es mucho más fácil.

• El verdadero aprendizaje creativo es el que aprovecha la decepción. El ser humano tiene una gran tendencia a fabricar coreografías de la autocontemplación (busca en la realidad la confirmación de aquello que defiende). Pero lo que hay que hacer es «leer al enemigo» y buscar en qué fallamos. Entonces, hay que reaccionar modificando no la realidad, sino nuestras expectativas.

Y para terminar esta reflexión unas palabras de Antonio Rodríguez de Las Heras que me parecen realmente interesantes. Las dice en relación al mundo del libro electrónico en español pero que vienen como anillo al dedo: ” La situación es, como decía al principio, la de sentirse al borde de una insondable brecha en la cultura escrita: ¿qué nos espera al otro lado de esta incertidumbre? Una actitud, a causa del vértigo, es retirar la mirada y volverla atrás. Ver la brecha como precipicio, así que hay que afi anzarse en la tradición que nos sostiene desde hace siglos. Resultan emotivos estos discursos, pero no por eso nos apartan del borde en que nos encontramos, solo desviamos la mirada en busca de estabilidad ahora comprometida. Hay otra postura que consiste en no apartar la mirada de la brecha para hacer ver el abismo de incertidumbre que contiene y ante tal dificultad insistir en que no es posible predecir el futuro que espera al libro, a la cultura escrita. Pero esta actitud pasiva, aunque sin vértigo, interpreta el borde en que estamos como un obstáculo ante el que hay que detenerse y aguardar. Y se da otra actitud decidida a atravesar la brecha: es ejercicio de funambulismo, arriesgado, para el que hay que mirar al frente, es decir, imaginar.”

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