Leer con niños

Leer con niños es un ensayo, repleto de relatos, escrito por Santiago Alba Rico, que surge de una experiencia particular: la lectura compartida. Santiago Alba les lee a sus hijos en voz alta, lee con sus hijos Lucía y Juan, y comparte con nosotros algunos de los episodios y personajes de esas lecturas.

Santiago Alba Rico (1960) es licenciado en filosofía, colabora en diversos medios de prensa y fue guionista del espacio “Los electroduendes” del programa La bola de cristal. Es autor de numerosos ensayos: Las reglas del caos, El mundo incompleto, La ciudad intangible, Vendrá la realidad y nos encontrará dormidos

Alba Rico se pregunta en Leer con niños para qué sirven los niños y para qué sirven los libros. Los niños sirven, nos dice, para cuidarlos, es decir, para volvernos cuidadosos con ellos.  El niño es la posibilidad de experimentar la felicidad (y el sufrimiento) fuera de nuestro cuerpo, en otro cuerpo, y de que la felicidad de otro no sólo nos importe sino que nos baste; y de que, por la misma razón, la desdicha de otro no sólo nos afecte sino que además nos resulte insoportable. Los libros sirven, nos lo dicen Penélope y Sherezade mientras tratan de aplazar astutamente el momento de la muerte, para ganar tiempo. “Re-latar es volver a decir, es re-petir y repetir es volver a pedir o volver a llamar. El hombre necesita volver a decir las cosas, volver a llamarlas, para que comparezcan”.

Santiago nos cuenta que no le ha guiado ningún propósito pedagógico, ni siquiera está seguro de que gracias a esas lecturas compartidas sus hijos vayan a ser mejores. Pero si hubiera sido alpinista les habría llevado a las montañas, si hubiera sido submarinista, les habría llevado a bucear, si hubiera sido astrónomo los hubiera llevado al campo a mirar las estrellas; el sabe leer y les ha leído.

El ejercicio de interpretación que despliega Alba Rico a lo largo de esta obra nos presenta las lacras de una sociedad que ha hecho de la desmesura de Jerjes y la “soltería” de Barbazul dos de los modelos dominantes. En una entrevista reciente que le hicieron a principios de año con motivo de la presentación de su obra teatral B-52, Santiago Alba nos dice sobre “Leer con niños” que leyendo a sus niños las grandes obras de la literatura clásica, cuerpo a cuerpo en el sillón, se hizo consciente de la necesidad de defender el tiempo narrativo, el de las plazas, los cuidados y la dignidad kantiana, frente a la amenaza cada vez mayor del tiempo digestivo, el tiempo del ello freudiano que discurre a toda velocidad por los pasillos transportando mercancías e imágenes de mercancías que alimentan sólo las ganas de seguir comiendo y no las de salvar, acariciar, conservar o mirar.

“Había una vez hace muchos años, en el norte de Grembolia, junto a la frontera de Tartaria, un terrible dragón de cola de anzuelo y doble cresta de acero. Los aldeanos gremboles de la zona vivían en un estado de permanente congoja; sin haber matado todavía a nadie, en sus andanzas a lo largo del confín el monstruo no podía evitar chamuscar las copas de los árboles con su aliento de fuego ni pisotear las espigas del trigo en sazón ni derribar a veces de un coletazo un establo o un granero. Por las noches su inhumano relincho volaba con respiración de trueno y tumbaba las vallas; los niños se despertaban con fiebre, las vacas daban sólo leche agria y el agua de los ríos bajaba densa y oscura de las montañas.

No pudiendo soportar más esta situación, los campesinos gremboles mandaron una delegación al Emperador. El Emperador tomó inmediatamente una decisión inspirada en las mejores tradiciones. Ofreció la mano de su bellísima hija Melindra al caballero que fuese capaz de poner fin a aquella amenaza. desde los cuatro rincones del reino, unos por ambición, otros por sentido del honor, en solitario o en nutridas mesnadas, sobre gualdrapas doradas o a lomo desnudo, cientos de guerreros, caballeros y soldados de fortuna se pusieron en camina. Y a medida que llegaban hasta la guarida de la bestia iban sucumbiendo. De nada les servíala fuerza, la pericia ni las armas. (…) Poco a poco Grembolia fue perdiendo sus mejores hombres. Sin apenas gente de armas en el reino, hubo que suprimir torneos y disolver el ejército. Y Melindra encerró en un cofre sus sueños de amor.

Entonces un joven sastrecillo grembol, pobre y valeroso, acudió con su acerico de alfileres, invocó el nombre de su novia, y sucumbió también. Lo mismo le pasó a Pao-Li, que había leido los cuentos de Grimm. Y fracasaron Carlitos y Javier y Fernando y un tal Eduardo y una tal Apolinaria, que confiaba mucho en su belleza. El emperador se declaró finalmente vencido y prohibió a sus súbditos acercarse a más de dos parasangas del dragón. Pero la bestia no había salido indemne de tantos y tan insistentes asaltos. Arrastraba su cuerpo, erizado de picas y saetas (…) Estaba mal herido. Y un buen día, de pronto, al amanecer, la tierra tembló en toda Grembolia: el dragón se había desplomado.

De norte a sur, de este a oeste, todo el pueblo grembol estaba celebrando la vistoria con música y guirnaldas cuando un alarido salvaje interrumpió la fiesta. La noticia llegó a todas partes apenas un instante antes que los males que anunciaba: los tártaros, sólo retenidos hasta entonces por la presencia del dragón, habían cruzado en masa la frontera y habían invadido, matando, violando y destruyendo, los cuatro rincones del país.

Y no había nadie para ofrecerles resistencia.”

Santiago Alba nos explica que durante años los hombres justos, los hombres normales, descontentos con el orden de las cosas, sublevados contra tanto sufrimiento, han creído que el enemigo era la familia, la escuela, la universidad o el Estado, que chamuscaban sus campos y alimentaban mal a sus vacas, sin percatarse de que en realidad les estaban protegiendo de los tártaros: es decir del capitalismo. Tras muchos años de haber combatido la escuela y la familia como aparatos de reproducción ideológica, este libro vuelve a reivindicarlas desde la izquierda como espacios de resistencia. Este ensayo trata pues de libros y de niños y de los tártaros que amenazan su existencia.

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