No hay nada más largo que la vida

Desde hace unos días han aparecido en la prensa distintos artículos sobre el fin de la cultura de los objetos. En el mundo digital ya no posees, tan solo usas.

Nos dice José Luis Pardo que el filósofo Zygmunt Bauman en su obra Vidas desperdiciadas comenta que los hombres han procurado compensar la brevedad y fragilidad de sus existencias amparándose en algo más duradero y estable que ellos: la eternidad de las religiones, el carácter imperecedero de las patrias o los ideales, las instituciones políticas, la continuidad de la empresa a la que estaban profesionalmente ligados o al menos a la prolongación de la estirpe. Esta situación se ha invertido en nuestros días: cada individuo puede contemplar la caída de varias iglesias, patrias e ideologías o experimentar cambios de creencias, de nacionalidad, de profesión, de familia y hasta de sexo. El lapso que dura una vida humana se ha convertido hoy en lo más duradero que puede encontrarse sobre la tierra, dada la obsolescencia galopante en la que vivimos.

El nuevo modelo de negocio en la música y los libros se fundamenta en prestar servicios en lugar de vender bienes. Las personas que compran por ejemplo música en la tienda de Apple o libros en Amazon tienen que saber que sus adquisiciones se irán con ellos a la tumba. La música y los libros que compramos pertenecen a la cuenta del usuario mientras esté dada de alta. Sólo podemos usar las obras en sus dispositivos. Nuestra biblioteca digital está en sus servidores. Lo físico y lo tangible cada vez tiene menos relevancia. Los contenidos pasan a tener un componente de disfrute más que de propiedad. Ahora ya no trasportamos los objetos culturales, accedemos al contenido.

Se trata realmente de un cambio de paradigma, interesa el acceso, no la propiedad. ¿Realmente los más jóvenes ya no valoran la herencia como sus mayores? ¿El ideal pequeñoburgués de acumular patrimonio para legarlo a nuestros hijos se ha perdido? La polémica está servida porque muchos de los clientes de Apple y Amazon no leyeron la letra pequeña de las condiciones de sus compras. Cuando compramos un libro en papel nos hacemos de un objeto además del contenido intelectual que contiene, cuando adquirimos un archivo electrónico tenemos sólo el contenido. Los que ahora reclaman sorprendidos nos demuestran que tal vez todavía no se ha producido el cambio de mentalidad. Compramos libros electrónicos, disfrutamos de sus ventajas de protabilidad y ubicuidad pero seguimos pensando en ellos como si fueran objetos que poseemos.

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Archivado bajo Cortar la leña, acarrear el agua

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