Aniversario atómico

Ayer, 6 de agosto,  se cumplieron 67 años de la explosión de la primera bomba atómica en la ciudad japonesa de Hiroshima. El 6 de agosto de 1945 el presidente Truman anunció, desde un crucero que navegaba por el Atlántico, que se había arrojado la primera bomba atómica, un artefacto que tenía una potencia dos mil veces superior a todas las bombas utilizadas hasta ese día, que arrasó la ciudad y dejó 140.000 muertos.

«La temperatura del aire en el momento de la explosión alcanzó varios millones de grados centígrados. La temperatura máxima de las bombas convencionales es de aproximadamente 5.000 grados. Varias millonésimas de segundos después, apareció una bola de fuego que irradiaba color blanco. Una diezmilésima de segundo después, la bola de fuego se expandió hasta alcanzar un diámetro de 28 metros con una temperatura cercana a los 300.000 grados centígrados», relatan los folletos del Museo de la Paz en Hiroshima. Un tenebroso hongo radiactivo entre negro y violáceo se elevó más de 800 metros en el cielo y luego las nubes descargaron la ácida «lluvia negra». Tres días después, otra bomba, desataba el mismo infierno en Nagasaki, donde perecieron 80.000 personas.

Imagen: Wikipedia. Nube de hongo de la bomba atómica en Hiroshima

Diseñar una bomba atómica es sencillo. Por el “Tratado de No Proliferación Nuclear” sólo 5 países tienen derecho a disponer de armas nucleares legalmente: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, China y Francia. Los demás países pueden desarrollar programas nucleares civiles si demuestran que no tienen “intenciones militares”. Es curioso que estos mismos 5 países sean los  que pueden vetar las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Poseen armas nucleares ilegalmmente Israel, India, Pakistán y Corea del Norte.

Un programa nuclear militar es muy costoso. Por eso, es profundamente irónico que algunos países hayan desarrollado armas atómicas mientras sus ciudadanos mueren de hambre. En 1965, Zulfikar Ali Bhutto, primer ministro de Pakistán declaraba: “Si la India construye la bomba, nosotros comeremos hierba y hojas por mil años, pasaremos hambre, pero también construiremos una”. Bhutto cumplió todas sus promesas.

Como todos los años por estas fechas y en las ceremonias de aniversario se leen declaraciones de buenas intenciones. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ha proclamado que «nunca debe haber otro ataque nuclear» y que «la eliminación de tales armas es una necesidad moral y práctica para proteger a la Humanidad».

Tras el desastre de Fukushima

En Japón, tras la catástrofe  del 11 de marzo de 2011 en la que murieron 19.000 personas y que afectó tan grevemente a la central nuclear de Fukushima , el movimiento de protesta contra la energía nuclear se ha fortalecido desde que el primer ministro Yoshihiko Noda decidió en junio pasado reactivar dos reactores nucleares. Noda ha justificado su decisión por el riesgo de penuria en el suministro de energía eléctrica. Japón, que antes de Fukushima se había lanzado en una política de desarrollo nuclear para compensar su falta de recursos energéticos, se abstuvo por completo en mayo y junio de utilizar sus cincuenta centrales nucleares. Pero, ¿cuánto tiempo durará esto?

Central Nuclear de Fukushima

Después del accidente en Fukushima, Alemania y Suiza anunciaron el cierre de sus instalaciones atómicas (en 2022 y 2020, respectivamente). Asimismo, Bélgica pretende cerrar tres de sus siete reactores para 2015. De igual modo, si en 2010 Italia, Lituania y Kazajistán preparaban la infraestructura para instalar plantas, hoy las tres naciones suspendieron íntegramente esos planes. Francia, en tanto, que es el país que produce la mayor cantidad de electricidad a partir de energía nuclear, también podría reducir su dependencia de la generación atómica, si el Presidente François Hollande cumple sus promesas electorales.

Con todo, la reacción a Fukushima ha sido dispar. EEUU, por ejemplo, adoptó tras el desastre una política de ajuste a la institucionalidad sólo de ser necesario. Después de todo, es el principal productor mundial de energía nuclear.

Energías alternativas

En España, como sabemos, el Gobierno no está por la inversión en las energías renovables apoyándose en la crisis económica. Greenpeace considera que las compañías energéticas deberian contribuir a salir de la crisis y para ello el Gobierno español tendría que adoptar medidas para evitar la remuneración excesiva que reciben las centrales nucleares y las grandes centrales hidroeléctricas a causa del sistema marginalista de formación de precios en el mercado eléctrico. Esta es una perversión del sistema que conduce a inflar significativamente el déficit tarifario y, además, genera presiones del lobby eléctrico para mantener a toda costa en funcionamiento, más allá de su vida de diseño, un parque de centrales nucleares ya amortizadas, muy envejecidas y peligrosas.

La Comisión Europea (CE), que se ha mostrado muy crítica con el Gobierno de Rajoy en su “Evaluación del programa nacional de reforma y del programa de estabilidad de España para 2012” dice que: “La suspensión de las ayudas a las energías renovables desalienta la inversión en el sector y hará difícil que España alcance sus objetivos energéticos y climáticos en el marco de la Estrategia Europa 2020. Por otra parte, con una menor proporción de energías renovables, la dependencia de España de la energía importada aumentaría respecto de la tasa actual del 79% (que es ya muy superior a la media de la UE, del 54%)”.

Asimismo, Greenpeace apoya la implantación de una tasa ambiental de carácter finalista (el llamado “céntimo verde”) sobre los carburantes siempre que ese dinero sirva para promover la eficiencia energética y las energías renovables.  Y por el contrario, rechaza la imposición de cualquier tasa a la producción de electricidad renovable, y reitera la necesidad de abandonar los subsidios a los combustibles fósiles y abordar la adecuada reconversión del sector del carbón.

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