Las pequeñas virtudes

Las pequeñas virtudes es una obra de Natalia Ginzburg que reúne once textos de tema diverso. Leí este libro hace seis años pero desde entonces he vuelto a él en numerosas ocasiones. Desde hace varios días no dejo de acordarme de algunos de esos textos y hoy quiero reseñar el que da título al libro.

Natalia Ginzburg nació en 1916, se llamaba en realidad Natalia Levi. Se crió en Turín, una ciudad en la que también nació otro famoso Levi, Primo. Se casó en 1938 con Leone Ginzburg, co-fundador de la Editorial Einaudi, que había sido profesor de literatura rusa en la Universidad de Turín y que perdió su plaza por negarse a prestar el juramento de lealtad al régimen fascista. En 1940 fueron confinados en un remoto pueblo de los Abruzos. En 1943, cuando cayó Mussolini, Leone pudo escapar a Roma donde Natalia consiguió después unírsele con sus dos hijos, pero sólo pudieron vivir juntos, en la clandestinidad, veinte días. La Gestapo capturó a Leone y Natalia nunca lo volvió a ver.

En los relatos recogidos en “Las pequeñas virtude” nos habla de cuando su marido fue deportado por sus actividades políticas y vivieron en un pueblecito de los Abruzos (Invierno en Abruzzos);  de la amistad con el escritor Cesare Pavese (Retrato de un amigo), de quien, sin nombrarlo expresamente, nos cuenta cosas de su contradictoria existencia  y de su suicidio en el hostal que regentaba su hermana; de sus inteligentes e irónicas reflexiones sobre Inglaterra y los ingleses (Alabanza y menosprecio de Inglaterra y La Maison Volpé) producto de su estancia en aquella ciudad y país; de la contraposición de caracteres, gustos y costumbres, tratado con sentido del humor, entre su segundo marido y ella (Él y yo); de la profunda huella dejada en su generación por la segunda guerra mundial (El hijo del hombre); la larga cadena de relaciones con el prójimo que empieza en la infancia, sigue con la adolescencia y acaba en la madurez y el reconocimiento en nosotros de los mismos adultos que habíamos visto en nuestros padres (Relaciones humanas); de la enseñanza de los hijos basada en la primacía de las grandes sobre las pequeñas virtudes que suelen primar en la educación (Las pequeñas virtudes); hasta de su  vocación  de escritora (Mi oficio).

Todos ellos están llenos de sabiduría y sentimientos, sencillamente escritos, sin palabras  altas, hablando de cosas que todos entendemos. Como señaló Carmen Martín Gaite, para Ginzburg “la elevación de lo particular y cotidiano a categoría filosófica tiene lugar con una frescura y naturalidad que logran llegar hasta lo más abstracto, sin desprenderse nunca del hilo concreto de su experiencia como mujer dotada de una capacidad de observación poco común”.

En el relato Las pequeñas virtudes cuenta Natalia Ginzburg que deberíamos enseñar a nuestros hijos las grandes virtudes en vez de las pequeñas. “No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.” Sin embargo, casi siempre hacemos lo contrario. Nos apresuramos a enseñarles el respeto a las pequeñas virtudes, fundando en ellas todo nuestro sistema educativo. Ginzburg cree que un clima inspirado por completo en el respeto a las pequeñas virtudes hace madurar insensiblemente para el cinismo, para el miedo a vivir.

En las relaciones con nuestros hijos, no sirve que intentemos recordar e imitar las formas que utilizaron nuestros padres con nosotros. Dado que a todos, de un modo u otro, nos abruma el problema del dinero, la primera pequeña virtud que se nos ocurre enseñarles a nuestros hijos es el ahorro. Les regalamos una hucha, hemos instalado en nuestro sistema educativo una pequeña virtud.  Al final, cuando se rompe la hucha y se gastan los ahorros, los niños se sienten solos y decepcionados. Pondrán en el dinero unos pensamientos y una atención que está mal que pongan. Preferirán el dinero a las cosas. No está mal que hayan sufrido una decepción, está mal, nos cuenta Natalia, que se sientan solos sin la compañía del dinero. Ser sobrios con nosotros mismos y generosos con los demás: esto significa tener una relación justa con el dinero. Elevando el dinero a la función de premio, de punto de llegada, de objetivo que alcanzar, le damos un lugar, una importancia, una nobleza, que no debería tener a los ojos de nuestros hijos. Afirmamos implícitamente el principio–falso–de que el dinero es la coronación de un esfuerzo y su término final. Es un error menor, pero error al fin, ofrecer dinero a los hijos a cambio de pequeñas tareas domésticas, de pequeñas prestaciones. Es un error porque, para nuestros hijos, nosotros no somos empleadores; el dinero familiar les pertenece tanto como a nosotros, esos pequeños servicios, esas pequeñas prestaciones deberían carecer de compensación, ser una voluntaria colaboración en la vida familiar. Natalia Ginzburg cree que hay que ser muy cautos al prometer y suministrar premios y castigos. “Porque la vida rara vez tendrá premios y castigos. Con frecuencia, los sacrificios no tienen ningún premio, y a menudo, las malas acciones no son castigadas, al contrario, a veces son espléndidamente recompensadas con éxito y dinero. Por eso es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto.”

Acostumbramos a dar al rendimiento escolar de nuestros hijos una importancia del todo infundada. Y esto no es sino respeto por la pequeña virtud del éxito. Les exigimos el éxito porque queremos que satisfagan nuestro orgullo. Sin embargo debemos rocurar que nunca les falte el amor a la vida y que encuentren su verdadera vocación. ¿Qué posibilidades tenemos nosotros de despertar y estimular en nuestros hijos el nacimiento y desarrollo de una vocación? Para ello se necesita espacio y silencio. Nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecermos, siempre disponibles. Tenemos que ser para ellos un punto de partida, pero su vida tiene que desarrollarse a su aire para que puedan encontrar su verdadera vocación, una pasión por hacer algo que no tenga que ver con el dinero, el éxito o el poder.

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