Una función pública comprometida

Antonio Muñoz Molina en su artículo La corrupción y el mérito, publicado en el diario El País el 9 de noviembre, escribe que la corrupción no habría llegado tan lejos si no se correspondiera con otro proceso que permanece invisible: el descrédito y el deterioro de la función pública. Cuando se habla de función pública se piensa inmediatamente en la figura de un funcionario anticuado y ocioso. Según Muñoz Molina esa imagen la ha fomentado la clase política porque sirve muy bien a sus intereses.

Está muy bien que los culpables reciban el castigo previsto por la ley, pero la decencia pública no pueden garantizarla los jueces, el puesto de un corrupto puede ocuparlo otro. Lo que nos hace falta, continúa diciendo el escritor, es un vuelco al mismo tiempo administrativo y moral, un fortalecimiento de la función pública y un cambio de actitudes culturales muy arraigadas y muy dañinas, que empapan por igual casi todos los ámbitos de nuestra vida colectiva. El vuelco administrativo implica poner fin al progresivo deterioro en la calidad de los servicios públicos, en los procesos de selección y en las condiciones de trabajo y en las garantías de integridad profesional de quienes los ejercen. Contra los manejos de un político corrupto la mejor defensa son los empleados públicos que están capacitados para hacer bien su trabajo y disponen de los medios para llevarlo a cabo, que tienen garantizada su independencia y por lo tanto no han de someterse por conveniencia o por obligación a los designios del que manda.

compromisoulitmo2p 2Unos días después de leer este estupendo artículo descubrí el Club de Innovadores Públicos  (CIP). El CIP fue creado por  el Club de Innovación que nació con la intención de poner a disposición de los responsables públicos que apuestan por la modernización y la innovación de sus administraciones, cauces de comunicación que les permitan presentar, conocer y debatir soluciones, experiencias y propuestas. Para ello el Club creó el portal http://www.clubdeinnovación.es posibilitando la creación de una red y de espacios de colaboración.

El año pasado, el Club de Innovadores Públicos lanzó un reto a los Innovadores Públicos: comprometerse por escrito con su actuación como Innovadores Públicos, con su trabajo, su equipo, su administración y sus ciudadanos. Para ello se realizó un documento con las aportaciones de los miembros de la Blogosfera Pública y los participantes en el  I Encuentro Nacional de la Blogosfera Pública para que se subscribiera y difundiera.

Este es el compromiso del Innovador Público:

Como innovador en las Administraciones Públicas,
Me comprometo:
A creer que una administración mejor es posible y no rendirme nunca en la demanda de mejoras y cambio
A fomentar la transferencia de conocimiento, la cultura de cambio y la innovación abierta
A promover la eficiencia y los principios éticos
A mantener una actitud de aprendizaje continuo, beta permanente, dispuesto al cambio y no cerrarme a nuevas oportunidades, abriendo ventanas dónde me encuentre puertas cerradas
A colaborar e interoperar, a forjar conexiones con todos aprovechando sus potencialidades y buscar y apoyar a aquellos que compartan estos compromisos
En el trabajo
Me comprometo:
A implicarme en las nuevas iniciativas, conseguir objetivos y a aceptar el fracaso
A analizar cada situación como si fuera nueva huyendo del “siempre se hizo así”
A integrar el capital intelectual disperso alrededor de nuevos proyectos
A no condicionarme por políticas o jerarquías y trabajar por aquello en lo que creo
A formarme y buscar la excelencia
Con el equipo
Me comprometo:
A potenciar la creatividad y estar abierto a nuevas propuestas
A fomentar un entorno participativo y la implicación del equipo
A escuchar, compartir y delegar, a generar confianza y a confiar
A fomentar el gusto por el trabajo bien hecho
A formar, informar y motivar
Con la administración
Me comprometo:
A poner en práctica los valores de lo público: equidad, servicio, transparencia y colaboración tanto hacia adentro como hacia afuera
A hacerlo de forma simple, rápida y ubicua
A trabajar con criterios de legalidad, transparencia, eficiencia en el gasto y solidaridad
A mantenerme formado y a pedir y dar ejemplo de excelencia en el trabajo
A prestigiar y humanizar mi administración, mejorar su valoración por los ciudadanos y trabajar por sus objetivos
Con los ciudadanos
Me comprometo:
A situar al ciudadano en el centro de mi actividad profesional
A escucharle fomentando los canales de participación y comunicación
A buscar y apoyar las mejores soluciones, facilitando su acceso a los servicios públicos
A hacerles partícipes, coautores y corresponsables del diseño y prestación de los servicios públicos
A tratar a cada persona de manera individual, con ética pública, transparencia y agilidad
Que existan iniciativas de este tipo y que ya hayan suscrito este compromiso más de 500 Innovadores es alentador, aunque la cifra sea todavía muy pequeña.
Volviendo a Muñoz Molina, “que toda esa gente, contra viento y marea, haga bien su trabajo, es una prueba de que las cosas pueden ir a mejor. Construir una administración profesional, austera y eficiente es una tarea difícil, pero no imposible. Requiere cambios en las leyes y en los hábitos de la política y también otros más sutiles, que tienen que ver con profundas inercias de nuestra vida pública, con esas corruptelas o corrupciones veniales que casi todos, en grado variable, hemos aceptado o tolerado”.

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Andar

“Para ir más despacio no se ha encontrado nada mejor que andar. Para andar hacen falta ante todo dos piernas. Todo lo demás es superfluo. ¿Quieren ir más rápido? Entonces no caminen, hagan otra cosa: rueden, deslícense, vuelen. No anden. Caminando, solo una hazaña importa: la intensidad del cielo, la belleza de los paisajes. Andar no es un deporte” Frédéric Gros

Hace tan solo unas semanas que he recuperado el hábito de salir a andar. Una vez que empiezo se convierte en una adicción y espero con impaciencia el momento de calzarme las zapatillas y emprender el camino. La felicidad del paréntesis. Marcharse para después regresar cansada, diferente.  Todo el mundo sabe andar. Poner un pie delante del otro para ir a alguna parte, donde sea. Después del trabajo, de la silla y la pantalla del ordenador, del sedentarismo obligado, merece la pena salir para no hacer nada más que andar.

portada-andarPor casualidad y por sorpresa, en esos primeros días de vuelta  a la marcha encontré en la librería Andar, una filosofía de Frédéric Gros, filósofo francés especialista en Michel Foucault, que realiza en esta obra un recorrido filosófico y literario en compañía de ilustres autores en torno al simple hecho de caminar. Nietzsche, Rimbaud, Rousseau, Thoreau, Nerval, Walter Benjamín, Ghandi. Todos caminantes y grandes pensadores.

Nietzsche fue un caminante tenaz, la marcha al aire libre fue el acompañamiento invariable de su escritura. En las épocas más dura de trabajo sufre terribles dolores de cabeza que lo mantienen postrado en la cama. Para reponerse y recuperar fuerzas, la soledad y grandes caminatas. Para Nietzsche caminar no es, como para Kant, lo que distrae del trabajo, esa mínima higiene que permite al cuerpo recuperarse de haber estado sentado, es la condición de la obra, es su elemento.

Rimbaud caminó toda su vida. De muy joven el poeta se refirió a sí mismo en estos términos: “Soy un peatón, nada más”. Desde los quince hasta los diecisiete años anda para llegar a las grandes ciudades: al París de las esperanzas literarias, para darse a conocer, para que lo amaran y leyeran sus poemas, hacia Bruselas para hacer la carrera de periodismo. De los veinte a los veinticuatro años emprende varias veces el camino del sur. Luego regresa a su casa para pasar el invierno, para preparar de nuevo el viaje. Un incesante ir y venir entre los puertos del Mediterráneo. Y, desde los veinticinco años hasta su muerte, los caminos del desierto. En Rimbaud, la marcha está impregnada del sentido de la huida. Esa alegría profunda que se tiene siempre al caminar, esa alegría de dejar tras de sí. No hay vuelta atrás posible cuando se camina. Ya está, uno se ha marchado. Y, esa alegría inmensa, complementaria, del cansancio, del agotamiento, del olvido de sí y del mundo.

Rousseau afirmaba que no podía pensar de verdad, componer, crear e inspirarse si no era caminando. Las ideas le vienen a la mente en el transcurso de largos paseos, le basta ver un escritorio y una silla para sentir náuseas y desaliento. Para Thoreau andar te llena el espíritu de una consistencia distinta, no la de las ideas o las doctrinas, no en el sentido de una cabeza atiborrada de frases, citas o teorías, sino llena de la presencia del mundo. Walter Benjamín con sus estudios sobre París hizo célebre el personaje del paseante, el flâneur.

caminoJunto a todos los grandes autores y caminantes que Gros menciona en su obra, el filósofo va detallando las esenciales características de la marcha: la libertad, la lentitud, la soledad, el silencio, la energía, la repetición…

Caminando no se hace nada más que caminar. Pero no tener nada que hacer más que caminar permite recuperar el puro sentimiento de ser, redescubrir la simple alegría de existir. Caminar acalla de pronto los rumores y los lamentos, pone fin al interminable parloteo interior mediante el cual juzgamos sin cesar a los demás, nos evaluamos a nosotros mismos, recomponemos e interpretamos.

“Cuando se lleva largo rato caminando, llega un momento en el que uno ya no sabe bien cuántas horas han pasado, ni cuántas quedan todavía para alcanzar el final, nota en los hombros el peso de lo estrictamente necesario, piensa que con eso basta y sobra -si es que de verdad hace falta más para mantenerse con vida-, y siente que podría seguir así durante días, durante siglos. Entonces, uno apenas sabe adónde va ni por qué, es algo que importa tan poco como mi pasado o la hora que es. Y uno se siente libre, porque, cuando intenta recordar los signos antiguos de nuestra permanencia en el infierno -nombre, edad, profesión, carrera-, todo, absolutamente todo, parece irrisorio, minúsculo, sin consistencia” Frédéric Gros. Andar. Una filosofía.

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Maestro-alumno: Elogio de la trasmisión

Acaba de comenzar el  nuevo curso.  Mi hija comienza a estudiar en la universidad y mi mayor deseo es que encuentre, a lo largo de los años que tendrá que pasar estudiando, buenos profesores que consigan transmitirle la pasión por el conocimiento. Todos podemos recordar con gratitud la figura de alguno de los maestros y maestras que nos acompañaron a lo largo de nuestro paso por el colegio, el instituto o la universidad. Fuese cual fuese la asignatura que impartieran,  nuestro recuerdo tiene que ver sobre todo con el cambio que produjeron en nosotros.

Recuerdo a mi profesora de cuarto de primaria y su lectura de aquella primera novela, El otro árbol de Guernica, que me fascinó y avivó, si cabe aún más, mi interés por la lectura. A aquel profesor de griego tan serio y estirado que sin embargo despertó en mí y en muchos de mis compañeros una verdadera pasión por la cultura clásica,  aquel  profesor de lengua que me enseñó a defender mis propias ideas o al loco profesor de filosofía, ya en la universidad, que recitaba en griego poemas de Giorgos Seferis.   Steiner afirma que si un estudiante percibe que el profesor está poseído de alguna manera por aquello que enseña, es un primer paso. Quizá el alumno no estará de acuerdo pero escuchará: “se trata del milagroso instante en que comienza a establecerse el diálogo con una pasión”.

elogio-de-la-transmision-george-steiner-trabalibrosEn Elogio de la trasmisión, Cécile Ladjali, profesora de secundaria en un Instituto de un suburbio de Paris nos cuenta como consiguió que sus alumnos elaboraran un libro de sonetos sobre el mito de la caída y que el profesor y prestigioso ensayista George Steiner  les prologara la obra. Gracias a esta experiencia, según Ladjali, los alumnos tuvieron la oportunidad de descubrir la satisfacción que provoca el saber, y Steiner aquella que entraña el hecho de transmitirlo. A raíz de esta colaboración ambos profesores realizan un diálogo reflexionando sobre la enseñanza, el saber, la educación y la ética. Esta conversación está recogida en Elogio de la trasmisión junto a la historia de Murmure, el libro de poesía realizado por los alumnos de Ladjali.

Para Cécile Ladjali es en la enseñanza secundaria donde se libran las más decisivas batallas contra la barbarie y el vacío.  El profesor ha de sacar al alumno de su mundo, conducirle hasta donde no habría llegado nunca sin ayuda, y traspasarle un poco de su alma. Porque nadie es consciente de lo que es hasta que no se enfrenta con la alteridad.

El primer tema que tratan Steiner y Ladjali en su conversación es el elogio de la dificultad. Steiner señala que vivimos en una cultura, en un ambiente, en los que la poesía se ha convertido en algo mucho más minoritario de lo que lo fuera en cualquier otra época. En la mayoría de las grandes culturas de nuestro planeta, la poesía se trasmite de viva voz, y no a través de los libros, hecho que ofrece enormes posibilidades a pueblos técnicamente analfabetos. Por eso lamenta que ya no se aprenda nada de memoria. Aprender de memoria significa, en primer lugar, trabajar con un texto de una forma excepcional. Lo que uno aprende de memoria cambia con uno mismo, y la persona se transforma con ello, a su vez, a lo largo de toda la vida. Y en segundo lugar, significa que nadie podrá arrebatárselo.

steiner-portraitAl hablar de creatividad y escuela, ambos profesores,  señalan la importancia de leer a los clásicos y la de aprender otras lenguas. Para Steiner cada lengua representa una ventana a un mundo totalmente diferente. Toda nueva lengua permite vivir otra vida. También elogia el silencio. Sin embargo, se asegura que, en la actualidad, casi el ochenta por ciento de los adolescentes no llegan a leer un texto en silencio, sin tener como trasfondo el sonido electrónico de la radio, de la televisión, etc.

Ladjali  y Steiner tienen un alto concepto de la enseñanza, pero también son conscientes de que no corren buenos tiempos para la difusión de la cultura en la enseñanza secundaria. Por lo general, por culpa tanto de los planes de estudios  como del ambiente en el que viven sumergidos los alumnos, parece haber poco sitio para los objetivos humanísticos. Dice Steiner “Sea cual sea el nivel que nos corresponda, nuestro trabajo como profesores puede resultar agotador y descepcionante. Puede generar una profunda acritud; pero también tiene una suprema recompensa: la de encontrarse con un alumno mucho más capaz que uno mismo, que llegará mucho más lejos, y que quizá llegue a crear una obra que futuros profesores enseñarán. Es algo que me ha ocurrido cuatro veces en mi vida, lo que no deja de ser una cifra importante después de cincuenta años de enseñanza. Se lo juro, se trata de una recompensa inconmensurable. Ser profesor es una vocación absoluta.”

 

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Los libros y la libertad

Hoy escribo mi entrada número 100. Un número tan redondo y algo rimbombante parece que invita a cierta celebración. Tal vez por eso estuve pensando durante varios días sobre que escribir, con la insistente idea  de que tenía que ser algo especial. Creo que por eso he elegido Los libros y la libertad, una colección de conferencias, artículos y colaboraciones en torno a los principales temas que siempre han preocupado al filósofo Emilio Lledó: la cultura y la educación, el libro y la memoria.

Emilio Lledó es filósofo y miembro de la Real Academia Española.  Se formó en Alemania y ha sido profesor en las universidades de Heidelberg, La Laguna, Barcelona y Madrid. Entre sus obras destacan El silencio de la escritura (1992), Premio Nacional de Ensayo,  El surco del tiempo (2000), El origen del diálogo y de la ética. Una introducción al pensamiento de Platón y Aristóteles (2011) o La filosofía, hoy. Filosofía, lenguaje e historia (2012)

Emilio Lledó considera que el lenguaje es el elemento esencial en el pensar y en el instalarse del hombre en la sociedad o en la naturaleza. La filosofía no sería sino la meditación sobre tal instalación; y la historia de la filosofía se entendería como “memoria colectiva” del complejo proceso seguido por la humanidad, diferenciado históricamente.

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Lledó se apoya especialmente en la filosofía griega clásica, en los diálogos platónicos, en las éticas aristotélicas y en el epicureísmo; en el lenguaje como objeto principal del análisis filosófico y en una extensa reflexión sobre la temporalidad y la escritura que desemboca en una filosofía de la memoria.

Son muchas las ideas y reflexiones contenidas en Los libros y la libertad. En el Prólogo, Lledó nos dice que los seres humanos somos memoria y lenguaje, que la cultura “fue estableciendo, pausadamente, un vínculo para que el transcurrir de tiempo no acabase, como era su destino, en el olvido. Y fue la escritura el primer artificio para sujetar ese río del tiempo (…)”. “El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron a esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido”

Volviendo su mirada a los griegos señala que desde el momento que surge la polis, como estructura social en la que se mueven las vidas de los individuos, se descubre, casi al mismo tiempo, un elemento fundamental, el demos, la existencia humana fuera del privilegio del poder, del mito y de su mitológica aristocracia. El “demos” se constituye en poder, en “democracia”, en fuerza colectiva que se sustenta en dos importantes principios: el derecho a la palabra y la igualdad ante la ley. La larga lucha hacia la igualdad y la justicia constituye el fundamento de toda cultura, de todo progreso. Frente al lenguaje del mito, del “siempre así”, la cultura griega descubrió la duda, la reflexión, “las opiniones de los mortales”, la lucha contra el dogmatismo. Y el desarrollo y el progreso democrático únicamente pueden fomentarse con el otro gran invento de la cultura griega para evitar la demagogia: la educación.

loslibrosylalibertad2Comenta Emilio Lledó, en una de las muchas entrevistas que le han hecho, que su  querido maestro de la infancia, don Francisco, les animaba a pensar las palabras, a no asumirlas sin entenderlas porque sabía que sólo así podíamos salvarnos de la manipulación, de la agresividad a que conduce la falta de comprensión. Dice Lledó que “la raíz del mal está en la ignorancia, el egoísmo y la codicia” y que “el ser humano es lo que la educación hace de él”. Por eso le preocupa tanto lo que está sucediendo con la educación pública en nuestro país.

Lledó hace una reivindicación apasionada de la cultura, una palabra que en la tradición latina significó “cultivo, trabajo, labor y beneficio de la tierra”. La cultura que “no es solo una necesidad de los seres humanos, sino que implica, al mismo tiempo, su creación más importante, su valor decisivo sin el que apenas tiene sentido el valor fundamental imprescindible en la vida”.

Todo esto que comento y muchas más ideas y reflexiones hacen de Los libros y la libertad una recopilación muy interesante y acertada para iniciarnos, si es que todavía no lo hemos hecho, en la gratificante lectura de los textos del maestro Emilio Lledó.

“De mis libros, de las bibliotecas que he frecuentado, aprendí el diálogo y la libertad de pensar. Durante siglos, fueron los libros, los vencedores del carácter efímero de la vida. Por eso también, fueron tachados, prohibidos, quemados, por los profesionales de la ignorancia y la mentira. Pero siguen vivos, tienen que seguir vivos, conservando la memoria y liberando y fomentando la inteligencia”.

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Cómo ser mujer

Leí Como ser mujer de Caitlin Moran a comienzos del verano animada por las opiniones encontradas acerca de la obra. Muchas alabanzas y alguna que otra descalificación. “Altamente provocativa”, “divertida e inteligente”, “feminista estridente”, “lo que el feminismo estaba esperando”… o “es difícil concentrar tantas tonterías en 360 páginas”.

Caitlin Moran es una conocida escritora y periodista británica que trabajó desde muy joven en diversas revistas y en la radio. Actualmente es columnista del diario The Time y también crítica de televisión.  Como ser mujer se publicó en 2011 en Gran Bretaña, convirtiéndose rápidamente en un éxito de ventas,  y fue publicada en España en junio del año pasado.

Cómo ser mujer 3La obra, escrita en primera persona y en tono de comedia, repasa de forma desenfadada temas como la sexualidad, el cuerpo, la alimentación, el machismo, el feminismo, la belleza, las relaciones de pareja, el amor, la maternidad o el aborto. Moran los aborda desde su experiencia personal, familiar y profesional, contándonos sus obsesiones, miedos y dudas sin pudor y con un lenguaje directo. La escritora no se centra en la desigualdad salarial, en la violencia  contra las mujeres o en otras grandes reivindicaciones. Caitlin Morán habla de cuestiones que tienen que ver con la rutina femenina, con su día a día, cuyo carácter pernicioso es menos evidente y que le afectan más de lo que parece: la depilación, las dietas, los tacones, la ropa interior, la menstruación, la apariencia externa… Arremete contra los tópicos de “el hombre de mi vida”, “el mejor día de tu vida”, la maternidad. Y todo eso de una forma divertida. Morán hace reír.

Una de las críticas que le hacen a Cómo ser mujer es su tono demasiado frívolo, sobre todo en el capítulo que dedica al aborto, que hace excesiva mención a referencias específicas de la cultura pop, a estrellas televisivas, a series y músicos británicos, también que se refiere a un solo tipo de mujer (blanca, urbana, y profesional como ella). Morán contesta que apenas una feminista logra cierto éxito, se le pide que salve al mundo.

¿Tiene sentido ser feminista en un país occidental en la actualidad? Hay muchas personas que piensan que el feminismo en países desarrollados no tiene ya razón de ser. Lo que una mujer que se sienta discriminada debe hacer es acudir al juzgado de guardia y poner una denuncia. En la actualidad las leyes y los tribunales defienden los derechos de las mujeres.

Tan solo un 1,7% de españoles se define como feminista, según el barómetro del CIS del mes de abril de 2013, y el 44% de las chicas, según un estudio de la Federación de Mujeres Progresistas, creen que para realizarse necesitan el amor de un hombre, que los celos son una prueba de amor y que ellos son más atractivos si son agresivos y valientes.

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Caitlin Moran piensa que hay que recuperar “urgentemente” la palabra feminismo. El feminismo es demasiado importante para dejárselo a la academia, por eso hay recuperar la esencia de un concepto desgastado. Moran dice que no existe otra palabra que feminismo para definir “hacer que el mundo sea igual para hombres y mujeres”. Dice: “Si quieres que no te llamen feminista, entonces, vale: no tengas educación, no tengas un trabajo, o déjalo cuando te cases, admite que si te violan no se considerará un crimen y devuelve tu derecho al voto”. También que “no existe un único feminismo ni un conjunto de reglas que funcionen igual para todas las mujeres. Pero una buena forma de saber si estás ante una situación de machismo es preguntarse: ¿A los hombres les pasaría lo mismo?, ¿tienen un equivalente a esto?”

No creo que Caitlin Morán quisiera realmente contestar a la pregunta de cómo ser una mujer, nada de lo que dice es nuevo, ni se acaba en esta suerte de autobiografía particular. Pero bajo su aparente superficialidad creo que da en el clavo en muchas de las cuestiones que plantea, enfrentándose a muchas ideas preconcebidas que casi siempre nos pasan desapercibidas. Y esto, haciéndote pasar un buen rato.

 

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Celebrando cien años

Una amiga mía dice que hoy cumple cien años su primer amor literario.  Julio Cortázar también fue, a mis veinte años, uno de mis escritores más queridos.

Rayuela fue la primera obra que leí de él, convirtiéndose en mi libro de cabecera durante una buena temporada, pero ahora ya no significa lo mismo y, exceptuando algunos fragmentos que me siguen pareciendo imprescindibles, prefiero con diferencia al Cortázar cuentista.

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Llevo unos días releyendo sus relatos, a modo de homenaje particular, y sigo admirando su humor, su ternura, su dominio del lenguaje, su fantasía, sus cuentos perfectos como Continuidad en los parques. Lo leo en unos libros de bolsillo que publicó Alianza, cuatro volúmenes en los que el propio Cortázar organizó una recopilación de todos sus relatos reordenándolos, independientemente de su fecha de publicación, poco antes de su muerte. El volumen 1 se subtitula Ritos, el segundo Juegos, el tercero Pasajes y el cuarto Ahí y ahora. Los tengo desde 1987.

He vuelto a leer La noche boca arriba, Final del juego, La puerta condenada, Instrucciones para John Howell, La señorita Cora, Deshoras, Las babas del diablo, El Perseguidor, La autopista del sur, Diario de un cuento, Queremos tanto a Glenda

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En Casa tomada se nos cuenta la historia de dos hermanos que viven en una casa colonial muy antigua que cuidan con mucho interés. De pronto comienzan a oír extraños ruidos y se ven obligados a ir abandonando partes de la casa que son tomadas por “unos intrusos” que en ningún momento sabemos cómo o quiénes son. Irene y el narrador se van acostumbrando a esta nueva situación. Algo, no se sabe qué, irrumpe en sus vidas y se va adueñando poco a poco de todo. Así, los protagonistas se ven forzados a abandonar la casa tomada, tirando la llave por la alcantarilla para que ningún ladrón pueda entrar en ella. Abandonan su querida casa de toda la vida sin oponer resistencia, como si fuera algo irremediable. Casa tomada fue publicada en 1946, el año del triunfo de Perón en Argentina.

Celebrar el centenario del nacimiento de Julio, bien puede significar volver a leer cualquiera de sus cuentos o acercarse por primera vez, por curiosidad, a alguna de estas historias en las que lo cotidiano y lo fantástico conviven con tanta naturalidad. Decía Cortázar: “¿Qué hace un autor con la gente vulgar, absolutamente vulgar, cómo ponerla ante sus lectores y cómo volverla interesante? Es imposible dejarla siempre fuera de la ficción, pues la gente vulgar es en todos los momentos la llave y el punto esencial en la cadena de asuntos humanos; si la suprimimos se pierde toda probabilidad de verdad”. También que “Todo aquel que vive bien despierto sueña mucho, tiene una carga onírica particularmente densa. ¿Por qué no creer, entonces, que la relación recíproca es también válida, y que hace falta soñar mucho – es decir, aceptar y asumir los sueños- para vivir cada vez más despiertos? (…) Creo que el hombre debería ir al encuentro de su doble nocturno, desterrado y perseguido, para traerlo fraternalmente de la mano, algún día, y hacerle franquear a su lado las puertas de la ciudad”

Acabo este breve y particular recordatorio mencionando su magnífica labor como traductor. Yo también leí, totalmente fascinada, su traducción de  Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

 

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¿Para qué sirve la literatura?

Publica El País hoy, 3 de agosto, en su suplemento de Negocios, un artículo de Susana Pérez de Pablos titulado Steinbeck te enseña a ser jefe, en el que comenta cómo para promover el espíritu innovador, para abrir la mente y desarrollar el espíritu crítico, las novelas, los libros de historia, los comics o las películas, se cuelan en las escuelas de negocios. Los profesores utilizan estos textos para enseñar ejemplos de liderazgo, estrategia empresarial, trabajo en equipo o diversidad cultural. Defienden que la literatura y las buenas historias son la mejor inversión de tiempo para ayudar a entender los temas más complejos. Las uvas de la ira de John Steinbeck, es un relato de la crisis de 1929; La caverna, de José Saramago, cuenta como se introduce un monopolio en un mercado pequeño, y La residencia de los dioses es una divertida historieta de Astérix, un alegato contra la especulación inmobiliaria. Otras sugerencias son El mundo de ayer: memorias de un europeo del escritor austriaco Stefan Zweig, El príncipe de Maquiavelo o El arte de la guerra de Sun Tzu.

Leyendo este artículo he recordado la lección inaugural que Antoine Compagnon, catedrático de literatura francesa, leyó en 2006 con motivo de su cátedra en el Collège de France titulada ¿Para qué sirve la literatura? y que está publicada por Acantilado.

¿Qué valores puede creapara-que-sirve-la-literaturar y transmitir la literatura en el mundo actual? ¿Qué lugar debe ocupar en el espacio público? ¿Es de alguna utilidad en la vida? ¿Por qué defender su presencia en la escuela? Para Compagnon la existencia y el futuro de la literatura no están comprometidos a pesar de que las fuerzas del poder pretendan reducir su función a la mera evasión. Afirma que “la literatura es una fuerza de oposición: tiene el poder de combatir la sumisión al poder”.  Enseñándonos a no dejarnos engañar por la lengua, la literatura nos hace más inteligentes, o inteligentes de otro modo. Como decía Italo Calvino, “Las cosas que la literatura puede buscar y enseñar son pocas, pero insustituibles: la forma de mirar al prójimo y a sí mismo, (…) de atribuir valor a cosas grandes y a cosas pequeñas, (…) de encontrar las proporciones de la vida, el lugar que en ella ocupa el amor, así como su fuerza y su ritmo, y el lugar que corresponde a la muerte, la forma de pensar en ella o de no pensar en ella”, y otras cosas “necesarias y difíciles”, como “la duración, la piedad, la tristeza, la ironía, el humorismo”.

Hasta el XIX la literatura era considerada una fuente de conocimiento para entender al hombre y al mundo. El triunfo de la técnica, de las ciencias has borrado esa supremacía de la literatura. La ciencia lo abarca todo en nuestro mundo, ella todo lo explica. La literatura ya no es el modo privilegiado de adquisición de una conciencia histórica, estética y moral, y pensar el mundo y el hombre a través de la literatura ya no es lo más frecuente, por eso, me ha alegrado encontrar el artículo de Susana Pérez.

Comienzo mis vacaciones de verano y estaré unas semanas sin publicar. A modo de despedida dejo aquí una pequeña cita de la lección de Compagnon que me gusta especialmente:

“La literatura desconcierta, molesta, despista, desorienta más que los discursos filosóficos, sociológicos o psicológicos, porque se dirige a las emociones y a la empatía. De este modo, recorre regiones de la experiencia que los otros discursos desdeñan, pero que la ficción reconoce en los menores detalles. Según la hermosa expresión de Hermann Broch, recordada por Kundera, ‘la única moral de la novela es el conocimiento; es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida’. La literatura nos libera de nuestra forma convencional de considerar la vida -la nuestra y la de los otros-, destruye la buena conciencia y la mala fe. Por definición contraria y paradójica -protestante, como el protervus de la antigua escolástica; reaccionaría en el buen sentido-, resiste a la estupidez, no con la violencia, sino de una manera sutil y obstinada. Su poder emancipador, que nos conducirá en ocasiones a buscar derrocar a los ídolos y cambiar el mundo, permanece intacto, aunque más a menudo nos hará, sencillamente, más sensibles y más sabios, en una palabra: mejores.”

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